El pueblo en la guerra de Sofía Fedórchenko

elpuebloenlaguerra_gHistorias de soldados rusos de la I Mundial.

Por Rubén Olivares.

Recuerdo haber vivido los últimos conflictos internacionales sentado cómodamente en el sofá de mi casa, compartiendo espacio con mi gato, con una mano en el mando y con la otra en su cabeza, viendo como millones de espectadores en todo el mundo, la retransmisión televisada de estos conflictos como si fuera una superproducción de Hollywood más. Este detalle, que algunos hemos acabado interiorizando, como se asimilan las imágenes de las hambrunas o los desastres naturales televisados ante los cuales acabamos insensibilizándonos por su exposición continua, como si fuera una vacuna antialérgica, resulta fundamental para entender cómo han cambiado los conflictos armados. Hoy en día, los drones, los misiles inteligentes (ironías del lenguaje bélico, como si un misil pudiera juzgar quien merece morir y quien vivir) dirigidos a miles de kilómetros por ordenador como si de un macabro videojuego se tratara, han transformado el concepto de guerra que teníamos.

Por primera vez, la guerra ha irrumpido en nuestras casas, a veces con un color verde, a veces a todo color (y horror). La guerra como espectáculo aporta todos los ingredientes que una buena película necesita para atraer al público: emoción, buenos y malos (aunque no se sepa distinguir entre unos y otros), violencia, suspense, incertidumbre e incluso sexo (pues además de las violaciones sistemáticas, siempre hay alguna diva o divo del momento que se acerca a “enseñar carne” para animar a las tropas). Pero la guerra no es una película en la que los muertos se levantan al oír el: “¡corten! ¡Buena toma!”. Los soldados se matan de verdad, y los civiles mueren de verdad, por muchos eufemismos que se quieran emplear, como “los daños colaterales”.

Por ello es de agradecer que lleguen a las manos de uno, libros tan crudos y sinceros como “El pueblo en guerra”, donde su autora recopiló y ordenó las vivencias que los combatientes rusos le habían relatado durante su forzosa participación en el conflicto armado de la I Guerra Mundial. El breve pero intenso volumen que ha publicado la editorial Hermida está compuesto por testimonios de soldados que relataron a través de un lenguaje desnudo, sin artificios literarios ni periodísticos, cómo recuerdan haber vivido una guerra de la que no entendían nada más que su deber de arriesgar sus vidas, un lenguaje que resulta ser un acierto, pues logra reforzar la idea de inmediatez, de estar escuchando de primera mano las anécdotas, recuerdos y temores de los soldados. Los hombres que narraron sus vivencias a parecían estar convencidos de la ironía de su situación: habían sido enviados a defender los intereses de quienes les sometían a un régimen feudal de servidumbre contra hombres a los cuales envidiaban por las condiciones de libertad y bienestar que gozaban en su país. El mensaje que los soldados transmiten en sus relatos es claro, ellos anhelaban lo que el soldado enemigo poseía: libertad, trabajo, comida, techo, educación y paz. Tenían claro que la guerra no era la vía más adecuada para lograrlo, pues sólo les reportó miedo, cansancio, nostalgia, enfermedad, muerte, violencia, dolor y en ocasiones camaradería, risa, canto y el calor humano de quien sabe que en la guerra su único amigo es el soldado con el que comparte trinchera.

Si de verdad se quiere descubrir que es la guerra, es imprescindible acudir a libros como el de Sofía Fedórchenko, en el que se recoge lo peor y lo mejor del ser humano. Todo lo demás es prescindible.

 

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