La tumba del marinero de Luna Miguel

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tiene la habilidad de componer poemas sintéticos

Por Deborah Antón

Cuando en 1956 T.S. Elliot quiso redefinir la función de la crítica literaria (pues la definición que había dado anteriormente resultaba algo pomposa y anticuada), dijo que consistía en “promover la comprensión y el goce de la literatura”, y añadió que esto incluye la labor negativa de señalar aquello que no debería disfrutarse, pues a veces corresponde al crítico “condenar lo inferior y exponer lo fraudulento; aunque esta tarea es secundaria a la de discriminar el elogio de aquello que lo merece”. Más adelante, añade: “Sobre todo escrito que se nos ofrezca como crítica literaria podemos preguntar, pues, si apunta hacia la comprensión y el goce. Si no, de todos modos puede ser producto de una actividad legítima y útil”. Y aquí se encuentra la reseñadora, 57 años más tarde, dándole vueltas a esta labor.

Luna Miguel apunta alto. El título de su nuevo resulta sugerente; sin embargo, a la hora de la verdad no se aprecia un Leitmotiv lo suficientemente cohesionador que tenga que ver con él. La obra sí intenta seguir una temática de conjunto (esto, en realidad, es bastante palpable), pero que no se corresponde necesariamente con el título del poemario. La tumba del marinero nos resulta un mero ornamento que asoma de vez en cuando en versos como “Que nunca montamos en barco. Somos falsos marineros”.

Por mucho que la intención de la autora sea poética, el libro nos resulta de lo más prosaico, y a menudo (¿deliberadamente?) confuso, retorcido o rebuscado. “Porque morir nos hace eternos, tan eternos como las olas que evaporadas y que líquidas son cáncer. Cánceres como plural de cáncer, o bien tumor como plural de abrazos”. Asistimos también a digresiones como esta: “Tengo las uñas pintadas de rojo o, más bien, despintadas de rojo. Mi amigo el ruso me dijo que yo no era una buena mujer. Remarcaba la erre de «eres» y de «mujer». Tú no «erres» una buena «mujerr» porque llevas las uñas mal pintadas…” ¿Podemos pasar aquí de lo anecdótico a lo poético, de lo personal a lo universal?

Sí encontramos algunos poemas más poemas: algunos al principio, pero sobre todo hacia el final, en los que las imágenes son más potentes, más hondas. Incomprensiblemente, estos poemas se ven rodeados por otros que no dicen nada. En otras ocasiones encontramos algunos fragmentos muy rescatables; estos textos comienzan bien pero, desgraciadamente, suelen sufrir una bajada de tono justo antes de acabar, en una especie de autoboicot en el que se repiten una y otra vez las mismas estructuras. Nos encontramos con una falsa sensación de profundidad, a la vez que echamos de menos el cuerpo del poema, su resolución.

Hemos de mencionar en favor de Luna Miguel la habilidad para recortar, para componer unos poemas sintéticos, estilizados; algo poco frecuente en autores de su (de nuestra) edad, más dados a los excesos. A pesar de todo lo dicho, no podemos decir que la de Luna Miguel sea una poco pensada o descuidada; es solo que quizás no cumple sus pretensiones, o que quizá da demasiada rienda suelta a la obsesión. Rescatamos el “Interludio clínico: museo de cánceres”, por su originalidad, y porque marca el hito en que el poemario, en general, comienza a ganar altura. Por lo demás, nos parece un universo un poco limitado.

Me resulta paradójico que la mayoría de reseñas que encontramos sobre este poemario por la red apuntan a la intensidad del libro, a la fuerza del ritmo, incluso al dolor que transmite. Quizás sea solo que a mí no logra transmitirme nada: no me atañe, no me conmueve. Pero estoy con Eliot en que eso no significa que sea un trabajo inútil, y añado que tampoco significa que no pueda gustar y llegar a mucha gente, o que no pueda incluso ser el comienzo de una nueva manera de escribir o de sentir.

Tal vez este poema de la autora resuma el mal literario de nuestra generación: “Pasé veinte años diciendo: / Yo. // Ahora no sé nada de poesía”.

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