Quince céntimos el minuto de Toño Jerez

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Ganador del Certamen Internacional de Poesía Ruka Negra 2012, Santiago de Chile

Por Deborah Antón.

El poeta ha de asomarse a todos los cristales. Esto no lo digo yo, lo dice José Escánez Carrillo en el epílogo de este , y yo lo suscribo. , el autor, sabe asomarse, y también sabe guardar silencio profesional; sabe esperar para decir las palabras justas. Habla desde el cabreo meditado. Dice lo que hace falta: “La prensa huele a cadáver fresco”. O también: “Podría callar mi pluma / y no espetar que las togas son bífidas, / que la política es una menstruación cuatrienial / un óvulo que nunca será fecundado por el pueblo”.

Toño habita estos rincones de la conciencia, estos márgenes de la duda, y los revuelve. En esta realidad invadida por algo de agua y demasiado azufre, reivindicamos la labor del poeta de guardia, del que se queda cuando todo sucede. “A mediodía los telediarios / contarán los muertos de la jornada, / pero no harán referencia del insomnio del ciudadano”. Con él asistimos a la tristeza del mercado, del bar de copas, del locutorio. Contemplamos un mundo retratado sin ambages: “He buscado siempre al mismo hombre / en la voz de cada borracho”. Con él buscamos, sacudimos el acomodo, llamamos a nuestros semejantes. Aún queda lugar para celebrar las diferencias, los sabores, la hermandad de las culturas. Aún quedan deseos de saborear las palabras, sus sonidos, en un eco que baila, que se incendia y que se apaga, de una existencia cada vez más divergente y disconforme. “La palabra, “libélula” / necesita sobrevolar una balsa de agua verde / para seguir siendo esdrújula, / para conservar la ilusión aeronáutica / precisa del asombro infantil”. Todo esto junto, por contradictorio que parezca, está entre estas páginas, y un libro, un discurso, un pensamiento así es necesario.

Mi única pega es la presentación: he detectado varias erratas en el libro. Es cierto que lo verdaderamente importante, lo que tiene gancho, es el contenido, pero hay que esmerarse en no cometer errores que se podrían evitar con una revisión más cuidadosa.

En el prólogo, Francisco Pérez, otro gran poeta, recomienda tomar este poemario a cucharadas, como hace Jaime Sabines con la luna. “Tenlo en la mesilla de noche; y cuando notes que el aire te falta, cuando tengas eso que ahora se llama ansiedad, y siempre fue tristeza, lee algún poema sin prisa, masticando las palabras”. Que estos sean, pues, como tener un poeta de guardia cerca.

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