Bobito presenta El verano de las cenizas


, de gala para su nuevo Ep

Por Sandro Maciá

¿Recuerdan ustedes aquella frase que venía a decir que “no debe desvestirse a un santo para vestir a otro”? Sí, sí, aquel refrán que intentaba hacernos creer que dejar algo a medias para invertir el esfuerzo depositado en el proceso de emprendimiento de un proyecto nuevo… ¿La recuerdan? Pues vayan olvidándola desde hoy mismo, porque pese a que por los siglos de los siglos nos hayan querido hacer creer que las vestimentas de nuestro santoral no pueden ser compartidas sin dejar en calzoncillos a unos para vestir a otros, ya les digo yo que es más que factible repartir el ímpetu propio en una, en dos y en mil iniciativas…

¿Será que el refranero debe actualizarse? ¿Se trata de un desfase generacional? ¿Puede que el creador de semejante frase no supiera que con un Primark cerca ya serían más de dos y de tres los santos que podrían vestirse sin tener que desnudar a nadie? No, amigos. Bromas a parte, he aquí la respuesta: lo que ocurrió es que esta reflexión nació mucho antes de que vieran la luz proyectos como el del músico Roberto López, que aún casi engalanado con las vestimentas de Clara Plath, se coloca ahora un nuevo atuendo para saludar al mundo como Bobito, pseudónimo bajo el que presenta un Ep más que sabroso: El verano de las cenizas (Flor y Nata Records, 2018).

Parido tras la –esperemos temporal y transitoria- despedida de los escenarios de Clara Plath después su paso por el murciano Lemon Pop y con la consiguiente demostración de que Yes, I’m special (Flor y Nata Recors, 2017) no era flor de un día, el que fue –junto a otros compañeros- la casi otra mitad de la conocida banda vuelve a hacernos disfrutar con su saber hacer a la guitarra –y ahora también en lo que vocalmente se refiere- a través de seis canciones que, si bien se alejan de las estructuras y los sonidos rockeros de su “plathniano” equipo anterior, nos descubren un universo más introspectivo y matizado, más… ¿auténtico? Más propio, diría yo.

Seis cortes inéditos que, gracias a Miguel Ángel –bajista de Clara Plath-, Juan Antonio Ros –batería y coros, de Ross- y Eduardo Pérez –guitarra y coros, de The Lawyers-, componen un tracklist donde cada canción es como un tobogán sobre el que lanzarnos sin miedo a salir despedidos, sólo con la intención de disfrutar del recorrido, dejándonos llevar por la holgura de sus curvas y loopings a través de una inercia desenfrenadamente controlada que nos lleva a acelerar o a ralentizar nuestra propulsión dependiendo de si nos situamos ante la inaugural No puedo entenderte –sutil en su inicio y espectacular en su luminoso estribillo de giros vocales y una amplitud que rompe la contención impuesta por los versos de sus estrofas-, la imponente Piramidal –también creciente verso a verso, con potente mensaje, buenos coros, y una escalada casi olímpica cuando proclama con fuerza y contagiosa emoción frases como “no fue tan fácil / tiro el espejo / me siento frágil / te echo de menos / la verdad es piramidal”-, la popera Indurain -afilada en ritmo y letra, con buena combinación de guitarras y palabras sinceras, de esas que reconocen el irremediable final de las cosas, aun sin caer en la rendición-, la eléctricamente cósmica Celofán –limpia y arpegiada en algunos momentos, pero distorsionada y rabiosa en un estribillo que se alza en ímpetu y tono-, la “britt” Reina de la velocidad –de ritmo más ágil y guitarras más oscuras, más profundas, como el propio mensaje de sus letras y como la interpretación de las mismas, furiosamente alargadas y a veces conscientemente enfatizadas en su pronunciación-, o la melancólica No hay nada –casi un himno a la añoranza, a la oportunidad que uno puede y debe darse de flotar entre dulces sonidos, aún sin olvidar que la amarga vuelta a la realidad nos demuestra, a veces, que al poner los pies en el suelo “no hay nada”-.

Seis partes de un mismo Roberto que, sin miedo a desnudarse artísticamente, asume las riendas de un proyecto que tomó forma en Mia Estudio –con Antonio Hillán como coproductor-, que terminó de perfilarse en su masterización en La Sala de Máquinas –con Manuel Torroglosa-, y que ahora llega a nuestras casas con la generosidad propia de quien aún prefiere no encasillarse en un estilo.

Ojo, que de Bobito, sólo tiene el nombre… ¡Porque ni un pelo de tonto, menudo Ep!

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