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Leer sólo lo que te apetece.

Por Rubén J. Olivares Puertas

Mikita Brottman es la profesora de literatura que a todos nos hubiera gustado tener. Ha padecido la misma “tortura” que todos los estudiantes de literatura hemos padecido: las lecturas obligatorias. Promovidas con la mejor de las intenciones -quiero creer- estas lecturas conseguían el objetivo contrario al que buscaban: los libros recomendados se leían como un castigo, con desgana y sin motivación, generando un distanciamiento entre el lector y el libro. Por eso, en este ensayo nos recomienda abiertamente que, como lectores, leamos sólo aquello que de verdad nos entusiasme, nos provoque y omitamos aquello que no nos aporta nada.

Por su titular quizás podríamos pensar que Brottman pretende promover una nueva cruzada contra la lectura, una especie de nueva cruzada inquisitorial para erradicar a esos herejes que leen libros en los tiempos de Internet, pero el título de este ensayo sólo pretende provocar al lector, atraer su atención y hacerle reflexionar sobre qué es realmente leer y cómo debería ser un lector. Como ocurre con la comida, hay una diferencia abismal entre comer para alimentarnos y comer por el placer de disfrutar de las sensaciones que un plato puede aportarnos. Lo mismo puede decirse de la lectura: hay una diferencia abismal entre leer por leer, porque creemos que es un hábito bueno y debemos hacerlo y disfrutar realmente de la lectura, de ese placer tan íntimo y especial que la lectura de un buen libro nos aporta. Y, entiéndanme, un buen libro no tiene por qué ser un clásico de la literatura, pues el lector para el que se escribieron estos libros no es el del s. XXI, ni tiene porqué ser unbestseller. Brottman nos plantea que, como lectores, debemos saber cuándo y cuánto tenemos que leer sin descuidar otras esferas de nuestra vida – la moderación, incluso en la lectura, es una virtud -, pero también debemos plantearnos qué estamos leyendo y qué nos aporta.

La lectura es un placer que a menudo se practica en soledad y ello nos puede llevar a abstraernos en los mundos alternativos que nos aporta, con el peligro que volver a la realidad nos trae. Por ello Brottman aboga por ser cuidados con los libros que elegimos, no dejarnos llevar por el marketing literario que, cargado a menudo debuenismo, nos anima a leer por leer, per se. Y digámoslo bien alto: leer no nos hacer mejor personas, ni más inteligentes, ni seres superiores, ni más sexis, ni nos dota de un halo de superioridad que nos hace flotar dos centímetros por encima del suelo.

Brottman nos recuerda que hay tantas formas de leer como lectores y que ninguno de ellos es mejor que otros; simplemente son distintas formas de acercarse a un hábito compartido con y que, a menudo, se ha convertido al propio libro en una especie de objeto de culto que nos aporta un estatus de superioridad. Los libros se han convertido en objetivo de culto y en elementos decorativos que aportan un toque de distinción a aquel que los posee y que, a menudo, jamás los leerá. Esta idea ha generado en algunas personas una bibliomanía que antepone el tener libros por el placer de mostrarlos como objetos de distinción y estatus al placer de leerlos.

Brottman reflexiona sobre este fenómeno y mucho otros más relacionados con la lectura, para acabar pidiéndonos que, como lectores, seamos críticos, leamos con conciencia, no tengamos miedo a admitir que no nos gustan ciertos libros, que hemos abandonado la lectura de libros que nos aburrían y que, ante todo, leemos por el placer de leer y por qué disfrutamos con la lectura. Así que, ya saben, leanContra la lectura y sobre todo, disfruten con su lectura.

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