Limbo, lo nuevo de Oso

Segundo Lp de los catalanes Oso

Por Sandro Maciá

Ni arañando ni rugiendo. Ellos se hacen notar con caricias y melodías. Con bestial intención, pero cargados de convicciones humanamente sensibles. Con carácter bien definido, pero sin acechar a toda presa viva por puro instinto. Con aroma a bosque, pero sin una salvaje imposición de ferocidad y barbarie. Con su saber hacer dentro de una fauna, la musical, que bien podría dar lugar a la creación de un bestiario casi infinito… Así es como consiguen llegar a que deseemos ser abrazados por su arte y atrapados entre sus peludos brazos. Y así, con el nombre de Oso por bandera y con el folk-rock como mástil sobre el que sustentar el zoológico apelativo que les ha llevado a ser conocidos en todo el país, es como hemos caído rendidos a sus pies, canción tras canción, al escuchar (BCore, 2018), un segundo Lp de historia propia y con historia propia.

Nacido a partir de un momento tan emotivo como tristemente real, Limbo empieza a gestarse cuando Rafa Rodríguez (guitarra, voz y ánima de Oso) pierde a su padre un año antes del nacimiento de su hijo, lo que le lleva a querer hacer del proyecto “un lugar —aunque solo fuera en forma de canciones— donde nieto y abuelo sí se hubieran conocido”. Un momento, este, que en manos de un artista como Rodríguez y junto a las virtudes del resto de la úrsida familia -Víctor Jiménez (Bajo-Coros), Xavier Janer (Batería-Coros), Ignasi Carrer (Saxo), Natalia Escaño (Teclados) y Mario Patiño (Guitarra)- llega a crear no sólo ese añorado punto de encuentro entre los personajes citados, sino a extender la recreación del mismo a todo oyente que decida entregarse a la experiencia de vagar por cada uno de los cortes de este trabajo, donde según los propios Oso “el pasado se mezcla con el futuro y el tiempo es denso y gelatinoso”.

A partir de esta premisa y contando con el atractivo conjunto de influencias que se suman a la inspiración de la catalana –más notables que en su anterior Lp, Sealand, tendente a un estilo cercano a Wilco, por ejemplo-, la melodía y la dinámica podrían destacar como puntos fuertes de un disco que, aún siendo más reposado que su debut, explora y experimenta sin pudor los recovecos de la sofisticación a través de  cuidados arreglos, de una amplitud sonora que casi difumina las estructuras de los temas –bien definidas, sin embrago- y de una intensidad que envuelve hasta llegar a desear, más que el respirar el espíritu que se desprende de cada nota, poder esnifarlo.

Llámenme loco. Pero no hay otra manera más gráfica y directa de expresar esa necesidad de ir zambulléndonos en cada segundo de los miles que dan forma al contenido de Limbo, a sus once canciones que nos harán vivir sensaciones pop, folk y -en menor medida- rock, como ocurre en Two Empty Rooms –delicada y, a la vez, vocalmente potente apertura del disco-, en la saxofonada Gangs -gracias a la colaboración de Ignasi Carrer-, en la alegremente presentada The Young Man and the Sea –silbidos, estribillos pegadizos y giros inesperados que hacen de todo menos largo a este track de siete minutos- o las eléctricas y eufóricas The Day I Discovered America o The Sparrow and the Wolf– también arropadas por el señor Carrer-, entre otras –pues tampoco se quedan atrás buenas producciones como la que clausura el cd: I Drew a Desert Behind Your Eyes-.

¿Llegan nuevos sucesores de Bon Iver? ¿Quizá de The National? Todo se andará…

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