Vermú y su indie-folk

Homónimo debut de

Por Sandro Maciá

De golpe se me ha quitado la tontería. ¡Plas! Ni principio de abstemia primaveral, ni final de catarro imposible de curar. Nada queda en mi cuerpo tras haber recibido de sopetón una sorpresa que, a estas alturas del año y con pocos meses de andadura como para esperar que las grandes alegrías lleguen ya, me ha espabilado más que los rayos del sol que empiezan a emerger al final de las raves…

¿Será que el aquí presente se sobresalta con cualquier –o “cualquiera”, como decía Mecano- cosa? ¿Puede que la edad ya esté pasándome factura y mi benevolente actitud se predisponga a alucinar con la más mínima novedad? Ni hablar. Todo tiene una explicación, y en esta caso el motivo de mi jovial sensación viene dado por una sorprendente propuesta que avivaría hasta al más tieso de los muertos, un soplo de aire cargado de matices de ayer y hoy que sale de las manos y pulmones de los chicos y chicas de Vermú para entrar en nuestras casas a modo de disco, de trabajo homónimo, gracias a Flor y Nata Records.

De joven rango, la “vermutiana” formación de Albacete –de La Roda, concretamente-, pese a no pasar la treintena, contagia buen rollo y simpatía desde los primeros segundos de sus canciones, siempre enmarcadas en un estilo capitaneado por las estructuras indies pero aderezado con giros, melodías y ritmos rescatados del folk que más nos gusta, ese que rezuma tradición y que vuelve a poner de manifiesto la belleza resultante de arropar algo tan actual como una base electrónica con el seco choque de unas castañuelas, sin ir más lejos.

Así, a partir de un eclecticismo bien llevado a la práctica, las cinco canciones que componen el álbum debut de Vermú nos sirven para poder sorprendernos por partida doble, tanto por la genialidad de mantener una espontánea –que no descuidad, ¡ojo!- línea rítmica y estructural que tan fácil hace que sea la escucha de cada corte, como por lo llamativo de que un primer disco goce de tales características.

En cuanto a lo segundo, basta con indagar para descubrir que Daniel (voz y guitarra), David (guitarra y sintetizadores), Fran (bajo) y Antonio (batería y percusiones) y Karmen Marcos (teclados) vienen curtidos tras su paso por otras bandas y proyectos. Ahora, que para encontrar respuesta a la primera de las cuestiones, no queda otra -¡y a Dios gracias!- que darle al play y dejarse llevar por las voces que irrumpen con fuerza, pero con tacto, en Tren al fondo del pantano –claro ejemplo del mix entre melódicos versos de deje folk, las citadas castañuelas y la cascada eléctrica de las cuerdas que envuelve el conjunto-; así como adentrarse en la sensible –y agridulce- sensación de melancolía que transmite Clases de teatro, bañarse en las ondas que desprende la intro de Augurio nº2 –de suave ritmo pero ásperos sentimientos-, mimetizarse con los reivindicativos paisajes expuestos –también con un acertado aire folk- en Los páramos cerrados y soñar con la poética y cruda Remos en el desierto –¿quién dijo que la contundencia habñia de pasar por ritmos veloces o recargados? He aquí un ejemplo de cómo ser certero sin perder el norte en esto de exponer el alma y el corazón-.

Resuelto el enigma, no menos importante resulta saber que tanto el trabajo sonoros como la bonita edición han sido fruto de la mano de Pepe Cifuentes –técnico en Perdido Studios (Albacete)- yRafa Caballero -productor y músico de diferentes formaciones como Burrito Panza, Isabel León (ambos son ex Surfin’Bichos) o Colorado-. Todo un lujo.

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