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Por Vanessa Díez.

La vida de un hombre contada a modo de chanza en medio de la plaza del pueblo e interactuando con sus gentes. Un juglar era un hombre que por dinero y ante el pueblo cantaba, bailaba o hacía juegos y truhanerías. Eso fue lo que disfrutamos. Ayer el Gran Teatro de Elche estaba lleno como en los mejores tiempos, la expectación podía palparse en el ambiente. San Francisco Juglar de Dios de Dario Fo (Premio Nobel de Literatura en el 97) iba a ser representada por El Brujo, nadie se lo quería perder.

Se habló de la vida de un santo hecho hombre, de sus luchas, sus pasiones y sus debilidades. Acercó a las gentes humildes lo divino y lo mundano. Se detuvo en lo importante, pero también hizo partícipes a los detalles insgnificantes, haciendo posible que se pudiera imaginar las escenas como si se estuvieran viviendo. Hizo de la improvisación en las tablas un arte con un atrezzo mínimo.

Fueron dos horas ininterrumpidas de espectáculo con un descanso que al final se convirtió en una continuidad que fue una explicación sobre la obra y una comparación con la actualidad. El tiempo se pasó muy rápido, la entrega del artista fue absoluta y consiguió la atención y las risas de un público que le aplaudió y se levantó de las butacas para rendirle homenaje.


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