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Por Vanessa Díez. 

La pérdida de la inocencia. El personaje de Fanchon realiza un revelador camino que la cambia para siempre. Su prima Susanne le ofrece las herramientas para disfrutar de su propio placer, dependiendo o no de los hombres. Le revela todo aquello que una doncella debería saber para poder tejer las estrategias de su propio destino sin que otros decidan por ella. Lo único que debe es parecer virtuosa a ojos de los demás para evitar, como siempre, las lenguas afiladas que puedan hacer perecer la virtud de una dama. Desde el siglo XVII hasta nuestros días una de las cosas más sencillas es mancillar el honor de una mujer.

Como afirma Luis Luque en el libreto Susanne nos cuenta que el ímpetu de la naturaleza no entiende de normas escritas por ninguna mano de hombre. En intimidad ellas sostienen un vocabulario sin ambages, un ideario contundente sin resquicio alguno en el discurso de la doble moral, la ven, la señalan y se aprovechan de ella. Ahí radica su grandeza. Este proyecto nace con emoción de saldo de alguna deuda, la emoción de poder contribuir humildemente a colocar […] el placer de la mujer en el mismo lugar que el hombre pone el suyo, en la misma alta repisa.

Así nos muestra a Cristina Marcos recitando según abecedario una larga lista de sinónimos sobre el miembro viril o mostrando tal cual premio en una caja de madera un consolador de la época. Y a María Adánez dentro de una bañera de pie con camisola contándonos su primer encuentro carnal con un varón. Ambas maravillosas. No se necesita demasiado atrezzo para hacer llegar al público una buena historia. Si se hace reír y además disfrutar en directo de viola de gamba y soprano, siempre es un deleite.


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