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Por Vanessa Díez.

 

La voz dormida es un gran homenaje a las vencidas. Las sombras de aquella contienda a las que era fácil hacer desaparecer, era pecado decir que se tenía alguien entre rejas. Después de ganar la guerra había que asegurarse que se establecía un orden perpetuo y todo lo que estorbase debía ser eliminado. Las mujeres se volvieron invisibles, su libertad era una amenaza. El miedo y el hambre eran las mejores armas de la posguerra. Dulce Chacón con su obra dio voz a aquello que se ocultaba y que su propia familia ayudó a perpetuar. Benito Zambrano se ha basado en ella, además se ha documentado sobre casos todavía vivos para dar a su equipo experiencias de primera mano.

Inma Cuesta y María León representan las dos caras de aquella realidad. Una que luchaba por unos ideales, mientras la otra vivía en el silencio. Una cambió a la otra. La sangre llama a la sangre y nos hace ser capaces de todo, incluso de arriesgar la vida. Entre la miseria, el dolor y la pérdida, sigue habiendo esperanza para segundas oportunidades. Las emociones fluyen desde las entrañas.

Las niñas han sido arropadas por un buen elenco de secundarios como María Garralón (Verano Azul/Compañeros),  Antonio Dechent (La familia Mata), Miryam Gallego (Periodistas/Águila Roja) o Ana Wagener (La señora) que han ofrecido unas sólidas interpretaciones. El personaje que me sorprendió fue el de Marc Clotet (Física o Química) al cual dio carimsma y realismo.

Ambientación, guión y actores en consonancia. Los creadores deben mover conciencias y Zambrano sabe hacerlo. Alguien debe contar lo que no debe olvidarse. No duden en acudir a verla.


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