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Por Vanessa Díez.

Me llegaban cartas atroces, cada sobre iba lleno de odio. En algunas ponía que yo ardería en el infierno por toda la eternidad. Otras decían que era una agente del diablo y que mi pequeño era hijo del diablo. Y aún otras que mi bebé nacería muerto o sería jorobado. Hablaban de toda clase de horrorosas deformaciones que afectarían a mi hijo. Me llamaban puta y fulana. No podía creer que me odiara tanta gente. Al margen de lo que pensaran sobre mi vida, se trataba de mi vida privada, y yo no les había hecho nada. Estaba en estado de shock. Llegaban cartas de todas partes, pero la mayoría de América. América es muy grande, así que había gente para escribir cartas de todas clases. Roberto me preguntaba por qué las leía si me afectaban tanto. Decía que era como leer reseñas de críticos a quienes nunca les gusta tu trabajo. ¿Qué sentido tiene? Yo le respondía que era el único modo para encontrar cartas de amigos que me animaban y me apoyaban”. Por aquellos años Ingrid Bergman ya había dicho ante la pantalla aquello de “Tócala otra vez Sam”. Con Casablanca (1942) se coinvertiría en una estrella, pero la moral era algo que había que respetar aunque una fuera una estrella de Hollywood. Su romance con el director Roberto Rossellini cambiaría su vida. Ambos casados engendraron un hijo, relación para muchos pecaminosa, pues el escándalo fue de dimensiones tales que obligaron a la actriz a abandonar América. Exiliada en Italia dejó a su marido e hija atrás. Acabaría divorciándose del primero para casarse con el italiano. Ahora se la considera como uno de los mitos del séptimo arte y la cuarta estrella más importante en la historia del cine, tras Katharine Hepburn, Bette Davis y Audrey Hepburn. Aunque el mito como mujer lloró sangre ante el desprecio de una sociedad conservadora que volcaba su odio sobre ella.

Su unión con Rossellini dará como fruto tres hijos y seis películas. Una crisis creativa y financiera terminará separándoles. Dos años después de su divorcio Hollywood le deja volver tras el escándalo, será en 1959 cuando presente el Óscar a la mejor película. Pero no será hasta 1969 con Flor de cactus cuando vuelva a hacer cine en Hollywood, tras veinte años de exilio. A pesar de la guerra moral acabó siendo la primera actriz que consiguió tres estatuillas, tan sólo Katharine Hepburn la supera.

Nunca se quedó quieta, no estuvo esperando a Hollywood. Desarrolló su carrera en cinco idiomas (sueco, alemán, inglés, italiano y francés). Hizo cine, teatro y televisión en Suecia, Alemania, Estados Unidos, Canadá, Italia, Inglaterra, Francia, España e Israel.

En 1975 se le diagnostica un cáncer de mama y en ese mismo año se divorcia de su tercer marido. Trabajó hasta el final. Moriría seis meses después de terminar la miniserie “Una mujer llamada Golda” sobre la vida de Golda Meir. Murió el día que cumplía 67 años. Treinta años sin la rubia de Hitchcock, aquel beso tan inocente a nuestros ojos de Encadenados que superó la censura de la época, pasando a convertirse en uno de los más largos de aquellos años.

 

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