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Por Eduardo Boix.

A lo largo de la historia la mayoría de los totalitarismos han decidido quemar los libros que consideraban que estaban fuera de sus planteamientos. La literatura, por así decirlo, es y ha sido un arma de destrucción masiva. Si repasamos en todas las culturas ha habido piras de volúmenes, desde el saqueo de la biblioteca de Alejandría hasta el Chile de Pinochet. Cualquier elemento que pueda contaminar al ser humano y ponga en peligro la legitimidad de un gobierno dictatorial, debe ser erradicado, los textos son peligrosos.

El Rastro de Madrid o las librerías de viejo, son un claro ejemplo de cómo la gente se desprende de los libros. La mayoría de las veces, debido al consumismo feroz en el que nos encontramos, compramos compulsivamente obras que a la larga estorban. Otras veces las infinitas colecciones que pueblan los quioscos, hacen que tengamos repetido el mismo volumen, por eso acabamos llevándolos a las librerías antiguas, hospicio de miles de volúmenes que esperan nuevo dueño. Estos lugares tienen una magia especial. El olor a viejo, a polvo, lo inunda todo. Hay miles de historias en las lejas o las pilas de libros, dentro y fuera de ellos.

No hace mucho conversando con el jefe de una biblioteca, confirmó mis sospechas. Los libros que retiran acaban siendo pasta de papel. Los destruyen. Me quedé desencajado al escuchar eso. Yo estaría encantado de hacer hueco en mis estanterías para albergar tantos volúmenes como fuera necesario. Sería el salvador, incluso, podría hacer una campaña contra el abandono de libros. EL NUNCA LO HARÍA, pondría en un cartel negro con letras blancas, y cuyo subtitulo sería: Campaña contra el abandono del libro. Los que viven de la reventa de estos objetos, me acusarían de traidor, e incluso harían una cruzada contra mí intentando desprestigiarme.

Sería bonito concienciar que el libro tiene vida propia, que contiene historias, que siente. Los que amamos el objeto en sí, lo adoramos por encima de todo. La mayoría no nos entiende. Nos miran mal cuando acercamos nuestras narices a las hojas de papel. Nos encanta el olor a nuevo o a viejo. Buscamos los matices como si de un buen vino se tratara. El mejor caldo que paladear. Los libros también adquieren cuerpo con los años. Las dedicatorias, el papel se vuelve amarillo, el polvo que se incrusta en sus hojas. Todo denota personalidad e historia. Ansío ver el día en que el libro sea una especie protegida. Creo que llegará.

 

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