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Por Eduardo Boix

Si hay una figura de la literatura española que ha creado y continua creando controversia ese es Camilo Cela. El ya desaparecido Premio Nobel creó un personaje como otros tantos creadores que no dejaba indiferente a nadie. Soez, deslenguado, huraño y mil calificativos más podrían definir a este maestro de la escritura como era Don Camilo. Y es que en este mundo hay dos tipos de creadores los que necesitan del exterior para existir y los que tienen un mundo tan rico que no les hace falta polémica. Cela era de los primeros. Un polemista nato que necesitaba incluso hablar de sus gustos para estar en el candelero.

Hace unos días un titular en la prensa de Camilo José Cela Conde decía: “Es tremendo que mi padre haya desaparecido de los ambientes literarios”. “Pero el verdadero Cela no es el marqués. Es el vagabundo que escribió ‘Viaje a la Alcarria’ y dos o tres de las novelas más importantes del siglo XX”, asegura Cela Conde en una entrevista con Efe con motivo del aniversario de la muerte del gran novelista, un hombre de letras integral y un trabajador infatigable. “El que resiste siempre gana”, era su lema. Cela Conde sabe que su padre fue uno de los grandes novelistas del siglo XX, pero otras facetas más oscuras y mundanas de su padre, piensa él, que le han podido pasar factura para su recuerdo.

El autor de “La colmena” solía proyectar en público una imagen de hombre provocador. “A mi padre le encantaba mostrarse como un ogro que se desayuna con niños crudos. Luego, en familia, era una persona afable, amigo de sus amigos, enemigo de sus enemigos; vamos, como todos”, rememora Cela Conde, quien opina que “la principal virtud” de su progenitor era que “jamás daba una causa por perdida”. Para Marina Castaño, viuda de Cela, su marido era “un hombre adorable, seductor, divertido, y como cabeza inteligente que era, con un sentido del humor finísimo”. Los años que compartió con el Premio Nobel fueron de “una compenetración absoluta y casi carente de momentos malos (…) Nunca hubo discrepancias entre nosotros, fueron 17 años de armonía”.

Castaño ve con buenos ojos que la Fundación Cela vaya a ser gestionada por el gobierno gallego. “Es imposible mantener una fundación de autor con carácter privado. Pensemos en la Azorín, en la Max Aub, en la Unamuno, todas tienen un organismo oficial detrás”, asegura. En Mallorca, el hijo de Cela ha tratado de crear la Fundación Charo y Camilo José Cela, para que quede “una huella permanente de la estancia en la isla” de sus padres. Pero ese objetivo “no ha podido cumplirse” porque las autoridades autonómicas y locales “se han desentendido por completo”.

La herencia de Cela tiene enfrentados a Marina Castaño y al hijo del escritor desde hace diez años. Hace dos, la Justicia dio la razón al hijo del Nobel y cifró en 5,2 millones de euros la cantidad con que debía ser compensado. Pero “la justicia es lenta en España. A ver si el nuevo ministro dota a los juzgados de medios acordes a este siglo y se alivia el atasco”, desea Cela Conde.

El presunto ocultamiento del Nobel de literatura, en mi opinión, puede ser debido a ciertos oficios que realizó en plena dictadura, como son el de delator de opositores al régimen y censor. El periodista Eugenio Suárez, censor confeso, refiere estos primeros años difíciles de Cela. Optó y ocupó un puesto en el cuerpo policial de Investigación y Vigilancia del Ministerio de la Gobernación del régimen franquista donde trabajó como censor durante 1943 y 1944. Sus dos primeras obras literarias fueron censuradas lo que hizo aumentar las expectativas de los lectores. Luego se dedicó a la escritura al periodismo y creó junto a Caballero Bonald una revista literaria llamada “Papeles de Son Armadans” (1956–1979) y más tarde el solo fundó la editorial Alfaguara. Cela un escritor sin pelos en la lengua, que era capaz de las más intensas novelas y de los más sonados improperios no puede ser pasto del olvido. Si Cela no hubiera nacido tendríamos que haberlo creado.

 

 

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