Por Eduardo Boix

Rompe el silencio de la noche un grito desgarrador. El miedo me paraliza por momentos, otro grito y extraños sonidos guturales erizan mi piel. No me atrevo a salir de la cama, el edredón nórdico me protege de todo mal. Más gritos, sonidos guturales acompañados de lo que parece alguien rezando. Se abre la puerta de mi habitación. Mi padre entra, me mira asustado encogiéndose de hombros. No entendemos nada. Escuchamos como otros vecinos abren las puertas de sus casas. Nos decidimos también y salimos a investigar la procedencia de los gritos y los extraños ruidos. Un vecino en bata sube las escaleras casi de puntillas, nos saluda con la mano indicándonos con su dedo índice que los gritos vienen de algún piso más arriba.

Oímos como si arrastrasen una cama. Otro grito y el ruido que produce alguien vomitando, hace que paremos en seco. Es en el octavo, nos dice un vecino por el hueco de la escalera, con un tono de voz muy bajo casi susurrando, subimos.  Nos armamos de valor y a la de tres abrimos la puerta. Manolo, está en una esquina de la habitación vestido tan solo con un calzoncillo de pata larga y apoyando su espalda contra la pared. Asustado nos mira y vemos como le suda la calva y le cae sudor hasta del finísimo bigote. Juana, la mujer, con la cara verde por alguna mascarilla de pepino, los rulos y vestida tan solo con un camisón, no para de vomitar y tiene sobre sí misma y sobre la cama y el resto de la habitación lo que podríamos definir como los restos de una suculenta cena. Cama, paredes y techo, repletos de una masa viscosa. La imagen pronto me traslada a la película El exorcista, que tanto impactó en la época que se estrenó. Un virus estomacal, ha producido tanto revuelo, cosa que en parte nos ha aliviado a todos. Nos dispersamos de la casa del vecino, no sin antes ofrecer nuestra ayuda. Ellos amablemente la declinan. Cada cual, comentando lo mal que lo hemos pasado, se encamina hacia su casa. Algunos siguen con el susto en el cuerpo, otros en los que me incluyo, no podemos ocultar una sonrisa.

 

El exorcista.

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por Eduardo Boix

Rompe el silencio de la noche un grito desgarrador. El miedo me paraliza por momentos, otro grito y extraños sonidos guturales erizan mi piel. No me atrevo a salir de la cama, el edredón nórdico me protege de todo mal. Más gritos, sonidos guturales acompañados de lo que parece alguien rezando. Se abre la puerta de mi habitación. Mi padre entra, me mira asustado encogiéndose de hombros. No entendemos nada. Escuchamos como otros vecinos abren las puertas de sus casas. Nos decidimos también y salimos a investigar la procedencia de los gritos y los extraños ruidos. Un vecino en bata sube las escaleras casi de puntillas, nos saluda con la mano indicándonos con su dedo índice que los gritos vienen de algún piso más arriba.

Oímos como si arrastrasen una cama. Otro grito y el ruido que produce alguien vomitando, hace que paremos en seco. Es en el octavo, nos dice un vecino por el hueco de la escalera, con un tono de voz muy bajo casi susurrando, subimos.  Nos armamos de valor y a la de tres abrimos la puerta. Manolo, está en una esquina de la habitación vestido tan solo con un calzoncillo de pata larga y apoyando su espalda contra la pared. Asustado nos mira y vemos como le suda la calva y le cae sudor hasta del finísimo bigote. Juana, la mujer, con la cara verde por alguna mascarilla de pepino, los rulos y vestida tan solo con un camisón, no para de vomitar y tiene sobre sí misma y sobre la cama y el resto de la habitación lo que podríamos definir como los restos de una suculenta cena. Cama, paredes y techo, repletos de una masa viscosa. La imagen pronto me traslada a la película El exorcista, que tanto impactó en la época que se estrenó. Un virus estomacal, ha producido tanto revuelo, cosa que en parte nos ha aliviado a todos. Nos dispersamos de la casa del vecino, no sin antes ofrecer nuestra ayuda. Ellos amablemente la declinan. Cada cual, comentando lo mal que lo hemos pasado, se encamina hacia su casa. Algunos siguen con el susto en el cuerpo, otros en los que me incluyo, no podemos ocultar una sonrisa.

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