El Resplandor.

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por Eduardo Boix

Me vienen tres recuerdos recurrentes de la infancia: un colegio que detestaba, las tardes de toros con mi abuelo y las visitas al matadero acompañando a mi padre a seleccionar género o a comprar tripas para hacer embutido. El cuarto de las tripas olía a demonios y siempre me venían arcadas, todavía mi pituitaria me acerca ese aroma.

La infancia posiblemente es la etapa de la vida de un ser humano que más nos marca. Quizá todo lo que nos ocurre en esa parte de nuestra existencia nos influye para siempre. La primera vez que vi la película El Resplandor yo no contaba más de 7 u 8 años. Recuerdo que la vi sin sobresaltos, saboreándola como si fuese un adulto con una gran cultura cinematográfica. Aluciné. Quedé fascinado ante aquella obra angustiosa y aterradora. Mi tía a mi lado se pasó toda la película tapándose la cara, yo no pude apartar los ojos de la pantalla, estaba hipnotizado por la historia. Jamás había visto nada de esas características.

Jack Torrance podría ser un padre cualquiera de una familia cualquiera. Tras ver la película pensé que ese personaje podía ser mi padre. En casa no teníamos hachas pero si multitud de cuchillos debido a la profesión que él ejercía. Empecé a inquietarme en los pasillos, huía de las dos hermanas gemelas, que me perseguían en el colegio, me asustaba orinar junto a la bañera por si una mujer en plena descomposición me atacaba sin razón alguna. No estaba tranquilo en ninguna parte, ni en casa, ni en la calle ni en el colegio. El desasosiego me duró unos cuantos meses. Hoy en la distancia después de haberla disfrutado, devorado y saboreado varias veces, no la siento con la misma intensidad de aquel primer visionado. Toda película vista varias veces pierde su fuerza, aunque esta siempre consigue pegarte a la silla.

Algunas vece me gusta pasear por Leroy Merlín. Me encanta ver todo lo relacionado con el bricolaje amontonado en una gran superficie. Disfruto con las mazas, las sierras, las hachas, florece el niño que hay en mí al que le encantaba observar todo lo que fuesen trabajos artesanales, aunque a mí nunca se me dieran bien las manualidades en el colegio. Al pasar de un pasillo a otro un extraño hombre con camisa de cuadros me mira sonriéndome con complicidad. A la derecha lleva un niño de la mano, rubio, angelical que juega entre las estanterías, a la izquierda su mujer, piel blanca, pelo largo, liso, negrísimo habla sin parar. Me vuelve a mirar y un sudor frío recorre mi espina dorsal.

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