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Por Eduardo Boix

Vivimos en un país en el que la inquisición no se ha abolido. Conforme vamos tachando años del calendario la gente se vuelve más recatada y defensora a ultranza de los valores tradicionales. Muchos de ellos no alcanzan a comprender que el arte es algo libre, sin ataduras. El proceso creativo debe fluir sin cortapisas, sin que ninguna creencia religiosa o política nos haga censurarnos.

Llevamos una semana movida en el campo del arte. ARCO y sus Francos han hecho que se revolucionara el panorama, pero la guinda del pastel la ha puesto el siempre controvertido Bruce Labruce. La galería de arte Fresh Gallery sufrió el pasado viernes un ataque, coincidiendo con la inauguración al público de «Obscenity» la controvertida muestra del artista canadiense, que expone una treintena de fotografías en las que repasa el santoral con famosos en poses de contenido sexual e imaginería religiosa. Pablo Rivero, Rossi de Palma, Alaska o Mario Vaquerizo, son algunos de los famosos que han posado para dicha exposición. Hace unos días la Cope prescindió de la colaboración del cantante, manager y marido de Alaska cuya representación de la figura de La Piedad, molestó a los directivos de la cadena.

El incidente ocurrió sobre las 14.35 horas cuando la sala del 091 recibió una llamada en la que alertaba que habían roto una ventana de la galería, situada en la calle de Conde de Aranda, y habían arrojado dentro dos cócteles molotov. Agentes de la policía que acudieron de inmediato retiraron de la entrada dos botellas repletas de pólvora, líquido inflamable y mechas, y una tercera en el interior, que no llegaron a explotar. No es la primera vez que artistas han recibido ataques de grupos ultracatólicos. En febrero de 2006 mientras actuaba Leo Bassi en el teatro Alfil de la capital madrileña con la obra La revelación, alguien puso un artefacto casero que no llegó a explotar, ya que uno de los operarios al ver a un hombre huyendo lo vio y apago la mecha, gracias a él se pudo evitar una desgracia.

Estos hechos hacen muy evidentes de que vivimos en una democracia que existe una libertad de expresión con matices. Sigue habiendo gente que no termina de comprender que el arte es libertad y por lo tanto cada cual debe expresar sus ideas como le plazca, a no ser que cometa un asesinato, que evidentemente entraríamos en una actividad penada por la ley. Es muy triste que en pleno siglo XXI retornemos al medievo. Así nos va.

 

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