Por Francisco Gómez.

El otro día acudí a una de las charlas que el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert organiza con autores españoles contemporáneos hasta el próximo 23 de marzo en la sala de conferencias del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), cerca de la Plaza de Toros de la city alicantina. Por cierto, uno se despistó y vio mucha gente a la entrada y pensaba que llegaba tarde. El desconcierto fue mayor cuando le pidieron la entrada y pensó: «Sí que es importante este hombre, sí». Que hay cola y pagar por entrar a verle y escucharle. Nada, cosas del despiste que preside esta cabeza pues al lado actuaba la Sinfónica de Berlín y en otra puerta, un poco más tarde, tenía lugar la conferencia.

El escritor invitado era Enrique Vila-Matas, catalán en permanente exilio, como él mismo se denominó. Extraño en Cataluña, catalán en Madrid, es quizás el autor más europeo entre los españoles. Una de sus últimas obras, «Dublinesca» discurre entre París y Dublín, con homenaje a Joyce y su Ulises y una reflexión sobre el destino de la letra impresa y el libro en el mundo audiovisual y digital.

Vila-Matas es un hombre profundo, interior. Se le nota en sus novelas-ensayo y sus artículos atestiguan esta afirmación. Es difícil tratar de desentrañar qué discurre su mente mientras te observa con su mirada. Pero su éxito-su obra está traducida a 32 idiomas- no le ha aupado en apariencia al pedestal de los elegidos. No se considera un escritor de culto y su reconocimiento no se le ha subido a la cabeza.

En París vivió en una buhardilla que le alquiló la escritora Margarite Duras y en América Latina goza de gran prestigio y lectores en países como México, pues a juicio de uno de sus amigos es excéntrico en su literatura. Al otro lado del charco ha disfrutado la amistad de escritores de la clase de Roberto Bolaño, Sergio Pitol y Ricardo Piglia.

Con «En un lugar solitario» (2011) agrupa toda su narrativa de la etapa de formación (1973-1984), con una extensa disertación sobre su inquietud creativa inicial. Este libro revelador se completa el mismo año con otros dos: «Una vida absolutamente maravillosa», antología de ensayos (1992-2010) y los paralelos relatos escogidos de «Chet Baker piensa en su arte» (1988-2010). Su obra cada vez más diluye las fronteras entre la ficción, el ensayo y la biografía.

En su última novela «Aire de Dylan» (Seix Barral-2012), un narrador educado en la cultura del esfuerzo y arrepentido de ser tan prolífico (¿les recuerda a alguien?) queda pasmado cuando conoce a unos jóvenes escépticos-los Oblomov- que ante la crisis general del mundo, deciden apartarse y montar la subversiva sociedad Aire de Dylan, que trata de capturar la esencia del alma de la época, el aire de nuestro tiempo. La ley del trabajo, contrapuesta al arte de no hacer nada.

No quiero olvidar un pasaje de una de sus novelas que me encanta, «Doctor Pasavento», donde el autor reflexiona sobre el hecho de desaparecer. Habla el doctor Pasavento y dice: «En Walter admiraba su extraña decisión de querer ser como todo el mundo cuando en realidad no podía ser igual a nadie porque no deseaba ser nadie y eso era algo que le dificultaba aún más querer ser como todo el mundo».

Un lujo poder escuchar y disfrutar de la presencia de estos autores en el ciclo Cada Cual y aún falta la presencia de Ana María Matutes el 9 de marzo en el Casino de Alicante, el poeta Caballero Bonald el 16 de marzo y el 23 de marzo cierra las conferencias el escritor Javier Cercas. Casi nada. Gocen de esta fiesta de la escritura, con escritores, lectores y profesores atrapados por la literatura.