Por Eduardo Boix.

En los últimos meses hemos presenciado el retorno de los cuentos infantiles al imaginario colectivo. La falta de ideas de los creativos y guionistas de Hollywood han hecho que varias series o películas usen como personajes a los clásicos de los cuentos de nuestra infancia. Grimm o Érase una vez son dos ejemplos claros de ello. Luego a nivel literario, la editorial Impedimenta ha publicado recientemente Los zapatos rojos de Andersen ilustrados por Sara Morante.

Me viene a la memoria cuando mi padre me contaba el flautista de Hamelin o Hansel y Gretel, La casita de chocolate. Recuerdo como disfrutaba con esas narraciones. Esperaba ese momento con emoción, ver a mi padre contarlas era toda una delicia. Se sentaba a los pies de mi cama y comenzaba: era un hombre alto y delgado con una pluma en el sombrero y una flauta bajo el brazo se llamaba: ¡el flatustia de Hamelin!, gritaba yo entusiasmado. Parte de mi educación literaria viene de esos cuentos y de una serie que creó Disney, que recuerdo haber devorado una y otra vez. Otras dos publicaciones de cabecera han sido la Biblia (el antiguo testamento es una constante en mi obra) y la mitología griega. Todo este compendio literario me ha acompañado a lo largo de mi vida.

Los cuentos no son más que fábulas que narran enseñanzas a los que las leen o escuchan. Caperucita Roja nos habla de que no debemos fiarnos de nadie, la Bella y la Bestia, de que la belleza está en el interior de cada uno, y así hasta un largo etcétera de historias. Disney se han encargado de llevarlas a la gran pantalla para que así podamos conocerlas. A lo largo de la historia estas obras se han conocido gracias a la trasmisión oral. De padres a hijos ha ido pasando toda una cultura que es la base de lo que hoy somos. Es una pena que la tecnología haya relegado el placer de que los ancianos nos cuenten las historias, siempre ha habido algo de magia en eso y se ha perdido.

La costumbre de leer a los niños cuentos antes de dormir se está perdiendo. Creo que es una actividad que estimula su imaginación y sirve para relajarles. Yo abogo porque esta práctica se restaure, que no desaparezca, ya que sirve para que padres e hijos estrechen lazos y es algo que no se olvida nunca.

 

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