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Por Eduardo Boix

Cuenta mi madre que ya con dos años me quedaba hipnotizado ante aquel monólogo de la guerra de Gila. Me imagino riendo sin parar ante situaciones que realmente no comprendía pero sin duda me divertían. Ver a Gila es una fiesta, sigo riéndome con los mismos chistes, y aplaudo como el primer día en el final de cada monólogo. Este humorista es el cómico más grande que ha tenido este país y como decía el anuncio de Campofrío, el maestro de muchos de los que vinieron después. Después de acabar de leer el libro “Miguel Gila, vida y obra de un Genio”, escrito por Juan Carlos Ortega y Marc Lobato editado por Libros del Silencio, he tenido la sensación de haber repasado la vida de un amigo. De una persona que siempre ha convivido conmigo y a la que he admirado.

Miguel Gila fue un innovador dentro del humor patrio, comenzó en la conocida revista “La Codorniz” realizando chistes gráficos para después, gracias a Radio Zamora, realizar la actividad que le reportó fama internacional, ya que en Latinoamérica y más concretamente en Argentina fue un artista muy querido. El monólogo de la guerra, el de su vida, el de “África y sus leopoldos” o el de “Los catetos del pueblo”, fueron los más conocidos de las cientos de creaciones de este genio del humor que fue el gran Gila. Uno de los capítulos que innova en la imagen menos conocida del gran cómico, es en la que se habla de su poesía. “Me da risa/vuestra solemnidad/vuestra oratoria/antigua y rebuscada”, estos cuatro versos definen claramente el carácter del maestro. Su poesía es claramente personal y desentrañada, por lo que he leído creo que era su válvula de escape, menos preparada que sus monólogos pero igual de profunda. Como nos indican en el volumen, su estilo, al mismo tiempo sobrio e hilarante, inteligente y naif, surrealista y extremadamente vinculado al mundo que le rodeaba, marcó un punto de inflexión en la forma de hacer humor y ejerció una profunda influencia en las generaciones posteriores. Además del teatro, la poesía, también le interesó la fotografía y el cine. No se han podido conservar los cortos que hizo, ni muchas de las fotografías pero según el testimonio de su hija Malena Gila, su padre fue un buscador incansable de nuevas formas de expresión de todo lo que le rondaba por la cabeza. Si algo puede sintetizar a Gila con una sola imagen esa es la del teléfono. Ese aparato hizo que el cómico pudiera jugar con el público y hacer creíbles sus conversaciones.

Miguel Gila ha sido para mí y para todos los españoles aquel señor que hacía amable algo tan horrible como la guerra. Mi padre me contaba siempre con emoción aquellos anuncios que junto a Lluís Bassat hizo para la marca de cuchillas de afeitar llamadas “Filomatic”. “Miguel Gila, vida y obra de un Genio”, es un libro que consigue emocionarte y divertirte a partes iguales. Un poliedro de emociones difícil de olvidar.

Artículo publicado en el Arte y Letras del Heraldo de Aragón

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