Por Sandro Maciá

La virtud de la sencillez, al igual que la humildad, es algo que muy pocas personas poseen hoy en día. Quizá sea porque levantar los pies del suelo y dejarse levitar entre halagos sea más cómodo o, en cambio, porque conseguir que a uno le tomen en serio sin mostrar prepotencia es una ardua tarea… No lo sé, de verdad. Me gustaría poder llegar a comprenderlo, pero me resulta imposible.

Por eso, cuando un día te encuentras con alguien que, además de reunir estas cualidades, sabe hacer gala de ellas con una maestría sorprendente y logra -por paradójico que parezca- hacerse admirar con mucho más fervor que el que ya quisiera para sí mismo el mayor de los prepotentes, se te queda una cara de asombro idéntica a la que debí tener yo durante las casi dos horas y media que duró el concierto que Raphael, icono de la canción melódica española, ofreció el pasado domingo en una de las últimas salas de la provincia que aún conservan ese aire de “glam” ochentero y ese sutil aroma a espectáculo de revista: el Benidorm Palace.

Gracias a la entrega que el cantante andaluz demostró sobre el escenario de este templo del espectáculo –entendido el concepto en todas sus acepciones posibles teniendo en cuenta la variedad de artistas que han pasado por allí-, los asistentes que tuvimos la suerte de acompañarle en una noche de nostalgia y recuerdos pudimos comprobar que el intérprete de auténticos himnos de la música contemporánea de nuestro país –como Yo soy aquel, Escándalo o Qué sabe nadie- no ha perdido fuelle, sino todo lo contrario: goza de una forma física envidiable y de una voz que, sin necesidad de forzar o falsear, todavía mantiene ese carácter único, ese tono evocador que, unido a su peculiar –y casi entrañable, diría yo, con todos mis respetos y desde la más profunda admiración- forma de moverse, nos ayuda a entender cómo ha conseguido consagrarse en el mundo de la canción y mantener una carrera intachable desde que, en 1962, se proclamara vencedor del Festival de la Canción de Benidorm con el tema Llevan.

Fue precisamente esta mirada de añoranza hacia los años sesenta y a su triunfo en el certamen que anualmente celebraba la localidad alicantina, la que nos hizo vivir junto a Raphael uno de los momentos más emotivos del show: el recuerdo de que justo ese día, hace 50 años, el jienense recibía la Sirenita de Oro (galardón que le atribuía el título de ganador del festival) y empezaba una prometedora andadura en la industria del disco que -como él mismo aclaró en el concierto-, si tanto se ha prolongado en el tiempo, por algo será.

De la nostalgia a la fiesta, de lo melódico a lo “discotequero”. Todo eso, sin salirse de su estilo y casi sin despeinarse -pese a su entrega al animado público-, es lo que el artista decidió brindar a los allí presentes. Sus canciones “de ayer, de hoy y de siempre”, como se suele decir, fueron surcando su voz con una potencia y un sentimiento que, ya fuera acompañado por sus excelentes músicos o enfrentándose a momentos –estremecedores, en el buen sentido- de canto “a capela”, emocionaron al más insensible de los espectadores.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, Raphael no se olvidó de clásicos como Mi gran noche –con la que inició la actuación- ni de hacer un guiño al sector femenino de su amplio abanico de “fans” con El mundo será de ellas. Eso sí, si con esta última canción se ganó a las señoras y señoritas del lugar, con la versión de Volver que hizo “a dúo” -cosas de la tecnología- con el respaldo de la voz del mismísimo Gardel, nos ganó a todos, sin excepción.

Ahora, varios días después y desde el obligado reconocimiento que requiere el mérito de hacer bien las cosas, sólo es posible agradecer al cantante–como él hizo continuamente al expresar su gratitud a Manuel Alejandro, su “compositor fetiche”- que nos hiciera pasar una noche tan espectacular.

 

 

 

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