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Por Eduardo Boix

En tiempos del instituto descubrí que el género literario que más me gustaba no era la novela o la poesía, sino el relato. Todo comenzó gracias a una profesora de lengua y literatura que nos mandó leer un libro rarísimo titulado Historias de cronopios y fama, escrito por un autor de aspecto aún más raro que se hacía llamar Julio Cortázar. Yo tenía unos 14 años y todo por descubrir. La fascinación por este escritor me llevó a leer a Borges, a Kafka, Poe, Galeano, Benedetti, Quim Monzó, Sergi Pamies, Sergio Pitol, Alejo Carpentier, García Márquez, y así hasta una larga lista de autores que me han fascinado y lo siguen haciendo con la misma intensidad.

He de reconocer que el que más me divierte, humorísticamente hablando es Quim Monzó. Creo que fue uno de sus relatos el que me dio el empujón necesario para intentar dedicarme a esto que se hace llamar literatura. Concretando, la mencionada narración que me inspiró pertenecía a la recopilación titulada Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury. Se titulaba Redacción, y como su propio nombre indica trataba de la redacción de un niño donde relataba lo acontecido el domingo anterior. Sin desvelar nada del contenido, diré que tenía los dos elementos que a mi entender debe tener un relato, originalidad y sorpresa al final. Cuando hablo de originalidad no hablo de que trate un tema jamás tratado en la literatura, más que nada porque eso es imposible, sino porque el enfoque es algo distinto. A partir de ese momento he sido fiel lector de sus relatos y artículos de prensa.

Pero sin duda hay un autor del que me encanta su forma de escribir ese es Enrique Vila-Matas. Su libro Dietario Voluble es una delicia. Sumergirse en sus textos es recibir a cada lectura lecciones de literatura, conocer a autores o sus obras. También es bucear en su visión del mundo y del acto literario. Me encanta cuando un escritor dialoga consigo mismo y plasma sobre papel su forma de enfocar una obra o un pensamiento. Vila Matas sabe ejercer el oficio de escritor y nos hace participes del mismo. Porque es un goce poder ser testigo de cómo un autor construye sus historias como si fueran castillos de arena en la playa.

 

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