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Por Sandro Maciá.

Los periodistas somos personas maniáticas. Lo sé, y lo reconozco. De hecho yo, personalmente, tengo la extraña obsesión de no titular aquello que escribo hasta que he terminado de juntar todas las palabras del texto, hasta que le he dado forma a lo que quiero decir o hasta que, en definitiva, he plasmado a través de letras todo lo que tenía en mi cabeza.

Sin embargo, hoy mi mano ha traicionado a mi mente. Hoy, sin que sirva de precedente, me he visto escribiendo –casi sin darme cuenta- el escueto título que lleva este artículo antes que las primeras frases que lo encabezan. ¿Locura? ¿Disfunción psicomotriz? Puede ser que sí, que algo de eso tenga, pero la explicación a mi cambio de orden se debe más a un motivo visceral, a algo de tipo sentimental: mi añoranza por esa gran compositora que nos dejó en julio de 2011 a la edad maldita de los 27 años –no citaré aquí la lista de artistas también pusieron fin a su existencia, voluntaria o involuntariamente, antes de los 28, ¡anda que para leyendas negras estoy yo ahora!- y que respondía al nombre de Amy Winehouse.

Una sonrisa inconfundible, una voz admirable y un look único –hasta que millones de jovencitas empezaron a imitarlo-. Esta mujer, de alma negra y blanca piel, lo tenía todo para triunfar por los siglos de los siglos. Ella era música en sí misma. Ella, con sólo entonar un par de frases, creaba un silencio sepulcral allí donde iba. Ella… ella murió como cualquier mortal, pese a que después de su Back to Black (Universal, 2006) nadie creía que fuera de este mundo.

Es cierto que a su obra “cumbre” le precedió otro gran trabajo, Frank (Universal, 2003) -injustamente infravalorado, como muchos creemos-, pero nada fue comparable a su “vuelta al negro”, álbum en el que la señorita Winehouse empezó a convertirse en leyenda, en una leyenda que, a juzgar por las canciones que lo componen, hasta la propia intérprete suponía que no acabaría de una forma feliz.

Si con Rehab se reafirmaba en su afán por seguir siendo un espíritu libre, en temas como You know I’m no good ya advertía que eso de ser una chica buena no iba con ella y que, como decía en Back to black, tenía muy presente el momento de la despedida -¿recordáis aquello de “we only said goodbye with words”?-.

Aún así, hablar de su música es algo que en los últimos años de su estancia junto a los vivos quedó relegado a un segundo plano por culpa de sus nada saludables rutinas, siempre salpicadas de escándalos, llenas de episodios sobre coqueteos –y algo más- con las drogas o relacionadas con una ajetreada vida sentimental. Por eso, sin querer seguir echando leña a la hoguera que ella misma encendió, yo siempre la recordaré como aquella joven salvaje a la que nadie supo domar, aquella mujer de cuerpo frágil que hizo lo que quiso -y que se dejó hacer lo que otros quisieron-, aquella silueta temblorosa –al principio por sensualidad, al final por los efectos de todo lo que ingería- que pude ver en persona en 2006, en el Festival Internacional de Benicassim, y que no pudo ganarle el pulso a la adicción.

Hoy, mientras algunos productores se frotan las manos y “Amy Winehouse” se ha quedado en el recuerdo casi como una marca más -que, por cierto, cuenta hasta con su propia “Foundation”-, muchos son los que han llorado recordando que llevamos ya, como dije en el título, “un año sin Amy”.

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