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Por Eduardo Boix

Vargas Llosa, como el cartero, se niega dos veces. Sí, queridos lectores, es la segunda vez que le dice a un presidente del gobierno, que no presidirá el Instituto Cervantes. La ambición de muchos les habría hecho correr hacia Moncloa, pero el reciente Premio Nobel ha preferido declinar este supuesto honor en pro de la literatura.

El escritor peruano ya ha tenido flirteos con la política de los que posiblemente haya salido más que escaldado. En los años ochenta se presentó a las elecciones de su país de origen, Perú (que ganó Fujimori), y aun en ese periodo (que él cuenta en El pez en el agua) terminaba sus jornadas de campaña leyendo los versos de Góngora. Cuando acabó ese temporal político (que a él lo dejó en los huesos) ya no quiso saber nunca más de lo que no fueran sus libros. Fue en el año 1993 cuando el presidente Felipe González le concedió la nacionalidad española al escritor, ya que estaba enfrentado abiertamente a la dictadura de Fujimori, le persiguió el sátrapa peruano por todo el mundo. “Por mi situación en Perú”, dijo entonces Vargas Llosa, “me arriesgaba a convertirme en un paria”. España acudió en su ayuda, y él rinde gratitud a ese gesto.

Su negativa, con el inestimable apoyo del rey Juan Carlos, la ha comunicado con una carta dirigida a Mariano Rajoy. Ningún medio de comunicación ha podido acceder a la mencionada misiva, por lo que el mensaje que contenía tan solo lo conocen, el escritor, el rey y Rajoy. Así que los que han leído sus manifestaciones en torno a la distracción a la que lo han sometido acontecimientos como el Nobel saben que a Vargas Llosa esa tentación de presidir un organismo de la envergadura del Cervantes le podía causar una honra y un agudo dolor de cabeza. Y, muy probablemente, el no sería la palabra inmediata ante una propuesta tan audaz como comprometida. Y dijo no. Vargas Llosa es escritor a tiempo completo desde que su agente Carmen Balcells lo rescató de Londres, con Patricia, su mujer, y sus dos hijos varones (Morgana nacería en Barcelona), le puso un sueldo y le ayudó a terminar sin interferencias económicas La Casa Verde. La leyenda cuenta que este hombre tenaz (“Porque no tengo imaginación trabajo tanto”) se pasó muchas jornadas sin salir de su escritorio, y que en los momentos de mayor tensión hacía que el almuerzo esperara en la puerta. Sus jornadas son sistemáticas: corre o pasea con Patricia, lee dos o tres periódicos diarios y luego se encierra, sobre las 10 de la mañana, a escribir esforzadamente. Rara vez atiende llamadas en esas horas de plenitud, y por las tardes sale a escribir. Por la noche va al cine o al teatro, cena con amigos y a la medianoche, como un atleta, se va a reposar.

Dijo no y ahora nos podemos plantear la siguiente pregunta ¿Qué va a ser de la institución? César Antonio Molina, que fue director del Cervantes y ministro de Cultura, cree que hubiera sido una buena idea la presencia de Vargas en ese puesto, pero que entiende su rechazo. “Ahora habría que aprovechar la idea y poner en marcha algo que dije entonces, como director del Cervantes, y luego como ministro: el Instituto debe incorporar a escritores hispanoamericanos a su estructura de centros. Hemos tenido en el Cervantes a Muñoz Molina, por ejemplo, en Nueva York, y Vargas Llosa le hubiera dado un gran prestigio a la institución. Pero la idea es buena: hay que hacer que en el Cervantes se sientan partícipes los intelectuales de nuestra lengua que no sean españoles”.

Mario Vargas Llosa ha dicho que no. La literatura ha ganado el pulso a la ambición política y eso es algo que le honra.

 

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