UA101349465-1

Por Vanessa Díez.

Es sin duda un mito del cine a pesar de sólo haber participado en 19 películas, su carrera duró 30 años. Los problemas de su vida personal se plasmaron también en su trabajo. En 1951 logró su segundo Oscar por Un tranvía llamado deseo aunque nunca dio demasiada importancia a estos premios, ya que los utilizaba uno como sujeta-puertas y otro como pisapapeles para las toallitas del cuarto de baño. La llamaban La inmortal Scarlett, todos la recordamos como Scarlett. El papel de su vida le llegó con Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming donde interpretaba a Scarlett O’Hara. Aunque tenía que dar vida a la perfecta sureña y ella era una señorita inglesa que jamás había estado en los EE.UU se propuso adueñarse del papel y lo logró. Bette Davis lo rechazó. Paulette Goddard casi lo tenía. Katharine Hepburn también lo deseaba. Era el papel más codiciado de la historia del cine. Lo hizo suyo. Recibió el Oscar a la mejor actriz y el premio de la Crítica neoyorquina. Quien no la recuerda debajo del árbol con el brazo en alto diciendo: “A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!”.

No sólo sería un producto de Hollywood, sino que el teatro que realizaría le serviría para oxigenarse y estar más cerca del público. Fue Ofelia, Cleopatra y Julieta. Su participación en el musical de Broadway Tovarich de 1963 le dio un premio Tony. Nunca abandonó totalmente Inglaterra, estuvo trabajando a ambos lados del océano. Rodó junto a Marlon Brando Un tranvía llamado deseo. En 1954 empezó a trabajar en La senda de los elefantes pero debido a una enfermedad tuvo que ser sustituida por Elizabeth Taylor. Cuando intervino en su última película, El barco de los locos (1965) ya se hallaba física y mentalmente destrozada.

Casada a los diecinueve años con Leigh Holman, de quien adopataría su apellido artístico, con él tuvo a su hija Suzanne. Aunque fue más tarde cuando una relación tormentosa le cambiaría la vida, Laurence Olivier. Se conocerían estando ambos casados y empezarían un ardiente romance. A cambio del divorcio tuvo que renunciar a la custodia de su hija. Conseguiría casarse con Olivier en 1940, discutían de camino a su boda, de la que fueron testigos  Katharine Hepburn y Garson Kanin. Se divorciarían en 1960. Ella acabaría sus días junto a John Merivale.

En 1967 apareció muerta en su apartamento víctima del alcohol y de una tuberculosis que había ocultado a todo el mundo.  Tenía tan sólo 53 años. La encontró John Merivale, quien llamó a Laurence Olivier. Él estaba ingresado en el hospital, pidió el alta voluntaria y fue junto a ella. Él cuenta en sus memorias que estuvo junto a ella «pidiéndose perdón por todo el daño que se habían hecho». Ella nunca dejaría de ser Lady Olivier.

Share This