Muertos Vivientes: ZOMBIES.

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por Eduardo Boix

Quise ser poeta para admirar la belleza y darle nombres. En infinidad de ocasiones he bautizado a la cajera nueva del supermercado, a la panadera, a la madre que empuja el cochecito o la chica que espera en la parada del autobús con el paraguas azul y el anorak rojo. No solo he sido testigo mudo de su belleza, también he imaginado sus vidas y he recreado su futuro. Mientras voy en el autobús observo la belleza que se cruza a mi paso. Los niños que descubren el mundo por primera vez, las parejas de adolescentes que aman como si se les acabase el mundo, la mujer que ataviada con su uniforme de limpiadora manda besos a su marido por teléfono. Pero siempre tiene que haber algo que lo joda, los viejos. Algunos son nuestros zombis. Hablan emitiendo gruñidos, cada vez que tienen ocasión escupen, huelen a una mezcla de sudor y Varón Dandy y te empujan para sentarse o para entrar en cualquier sitio.

La primera vez que vi una película de zombis fue, siendo aun adolescente en casa de un amigo, mientras descansábamos de alguna partida de un juego de rol llamado Ciberpunk. La noche de los muertos vivientes tiene un comienzo impactante. Dos hermanos discuten en un cementerio mientras se les acerca un muerto viviente. La tengo guardada en la memoria. Que grandes momentos nos ha traído George A. Romero a la historia del cine, es y será el maestro de la cultura zombie. Miles de fans hemos disfrutado de esa película y de muchas otras suyas o de otros directores que han intentado superarle. Recuerdo aquella noche como si fuese hoy. Todos los amigos alrededor de una mesa llena de pizzas y litronas, comiendo sin parar y fascinados por lo que estábamos viendo. Esa fue la primera de una gran colección de películas que vinieron sin llamarlas, se presentaron una a una, cada cual en un momento preciso.

Busco lo hermoso que nos regala la vida a cada paso que doy. Me encanta cruzar la ciudad de punta a punta observando lo bello en su unidad y conjunto. Una madre que ríe, una hija que hace pompas, el filtro del cigarro recubierto de carmín. Intento que todo me sorprenda. Al pasar una calle está uno de ellos. Permanece inmóvil con su andador. Se le une otro, viene otro más. Miro de reojo. Se percatan. Comienzan a moverse, con sus gruñidos, sus aromas y sus esputos. Solo me queda correr.

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