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Muñoz Molina, un autor de su tiempo.

Por Mar Galindo.

A lo largo de más de treinta años de premios Príncipe de Asturias, ninguno de los actos programados para la semana cultural que acompaña a los premios había congregado a tanta gente como el encuentro literario con Antonio Muñoz Molina que se celebró en el palacio de Calatrava de Oviedo la semana pasada. Unas 1500 personas, casi todas mujeres, acudieron a la cita con el escritor y académico jienense, que logró reunir y deleitar a miembros de 59 clubes de lectura asturianos y cántabros.

De este modo, el creador de Mágina se adueñaba de Vetusta, al igual que había hecho con la decisión de un jurado presidido por José Manuel Blecua, director de la RAE, y compuesto por Andrés Amorós, Luis María Anson, Xuan Bello, Amelia Castilla, Juan Cruz, Luis Alberto de Cuenca y Prado, José Luis García Martín, Álex Grijelmo, Rosa Navarro, Carmen Riera, Fernando Rodríguez Lafuente, Fernando Sánchez Dragó, Diana Sorensen y Sergio Vila-Sanjuan, que acordaron concederle el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013 “por la hondura y la brillantez con que ha narrado fragmentos relevantes de la historia de su país, episodios cruciales del mundo contemporáneo y aspectos significativos de su experiencia personal. Una obra que asume admirablemente la condición del intelectual comprometido con su tiempo”.

Muñoz Molina, escritor, periodista e intelectual comprometido, lleva tres décadas dedicado a la literatura. Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa por El invierno en Lisboa (1987), Premio Planeta y Premio Nacional de Narrativa por El jinete polaco (1991), desde hace veinte años vive entre Nueva York y Madrid, ciudades que han marcado sus páginas. Su obra literaria, traducida a varias lenguas europeas, incluye varias novelas, recopilaciones de artículos, relatos cortos y ensayos, que le han valido el premio Jean Monnet de Literatura Europea, el Prix Méditerranée Étranger, el premio Jerusalén y el premio Qué Leer.

El príncipe Felipe, en su discurso, se refería a su sentido especial del ritmo narrativo: “Posee un lenguaje poderoso, preciso y una visión cervantina melancólica (…) Leer a Muñoz Molina es una experiencia inolvidable, pues traslada a su prosa, con realismo y fuerza descriptiva, su convicción de que la literatura puede mejorar la vida de los seres humanos (…) nos alivia y nos recompensa, nos abriga y nos protege”. Sonreía Javier Cámara al escucharle; había sido invitado personalmente por Muñoz Molina para acompañarle en el teatro Campoamor.

A su llegada al Hotel de la Reconquista el pasado viernes, y aprovechando la atención mediática que despertó su esposa, la escritora Elvira Lindo, pudimos hablar con él unos minutos y preguntarle por un tema que conoce muy bien por su experiencia al frente del Instituto Cervantes de Nueva York: el estado actual de la enseñanza del español, cuyo panorama está cambiando bruscamente al ritmo de las decisiones tomadas por el gobierno. En concreto, nos referimos a la profunda remodelación que vive el propio Cervantes como institución, que se ha visto obligado a vender varias sedes y a tomar drásticas decisiones respecto a la plantilla. “Más que una remodelación, lo están recortando. Me parece muy grave. Era una parte estratégica muy importante de la economía, de la vida española y de la proyección internacional de nuestro país. Es un error gravísimo y lo vamos a pagar mucho tiempo”.

Respecto al mito del gran auge del español en la actualidad, al cual se le augura un brillante futuro en Norteamérica, Muñoz Molina se muestra realista: “El español en Estados Unidos tiene un peso demográfico, pero le falta mucho todavía para tener un peso cultural que esté a la altura de su presencia demográfica. Hay cincuenta millones de hablantes, sí, ¿pero cuántos libros en español se venden en Estados Unidos? ¿Qué calidad tienen los canales de televisión que hay en español? ¿Qué lugar tiene la lengua en la cultura general americana? Esa es la cuestión fundamental. El número de hablantes, como dato estadístico, es solo un punto de partida, pero en sí no significa nada”.

Muñoz Molina era el primero de los premiados en dirigirse al público durante la ceremonia de entrega de los galardones. Con un discurso en torno al oficio del escritor, que requiere aprendizaje, empeño y práctica, reflexionaba sobre esa necesidad humana de saber historias y de contarlas, de recrear el mundo a través de las palabras. Las dificultades de desempeñar dicha tarea permitían el cambio a un tono mucho más crítico con la realidad:

“El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantas personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívvolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento”.

Ante tal situación, la receta sigue siendo la escritura. “Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí”. La incertidumbre del porvenir y la necesidad de una profunda reflexión para diseñar un futuro mejor dibujan una situación en la que “los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca”. Confiemos en que sea así, y que escritores como él, dedicados con profunda devoción al oficio de las palabras, tornen este tiempo de incertidumbre en ese mundo literario que el príncipe describía al final de su laudatio a Molina. Un mundo donde es “Muy humano todo, pero mágico al mismo tiempo”.

 

Fotógrafo: José Luis Pérez.

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