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El actor recibe un homenaje en el Gran Teatro de Elche.

Por Eduardo Boix.

No caemos en la cuenta de nuestras querencias hasta que perdemos a la gente. Los recuerdos se agolpan para querer salir. Risas, abrazos besos, todos se funden como si fuese una película. Pasa la vida delante de nuestros ojos como una obra de teatro donde cada cual elige sus escenas, sus actos preferidos.

Recuerdo el primer día que supe de la existencia del grupo de teatro La Carátula. Corría el año 1995, yo tenía 15 años y era el principio de todo. Una compañera de clase que se llama Saleta, a la que llegué a admirar y sigo admirando, hablaba de una escuela de teatro donde iba por las tardes que se llamaba La Carátula. Me fascinaba pensar en aquello que me contaba y la curiosidad me llevó a conocer, en el mismo instituto, a un compañero suyo que luego llegó a ser y es uno de mis grandes amigos, Juanber. Aquello fue el germen de mi amor por el teatro, por las letras y por la farándula. Han pasado ya demasiados años, tantos como 17 y sigo siendo el mismo soñador de entonces.

Tiempo después, quise hacer un cortometraje, lo mío era escribir pero aun no era consciente de ello, y me acerqué con un relato a la antigua sede de ARDE (Acción Republicana Democrática Española), para contactar con aquel actor que me fascinó en un cortometraje que hablaba del diablo. Al llegar me dijeron que no estaba, me dieron una dirección, su correspondencia y que le acercara esas cartas. Al entrar en su casa noté su abrazo y calidez del hogar de un hombre inmenso. Me trató con mucho cariño y accedió a protagonizar aquella historia que al final no rodé.

Con el tiempo Antonio pasó a ser un amigo, un colega. Siempre que me veía me saludaba con esa eterna sonrisa. Sus abrazos estaban llenos de energía, de amor. Antonio desprendía amor, sudaba amor, lloraba amor. Amaba la vida sin condiciones. Me hubiera gustado conocerle más, estar más con él, pero eso siempre pasa aunque convivas todo el día con una persona. Cuando me enteré del momento de su viaje sin retorno, me vinieron a la memoria mis dos amigos, Saleta y Juanber y todos aquellos sueños que se han cumplido y los que quedan por cumplir. Aquel adolescente volvió a instalarse en mi cuerpo durante unos minutos. Aquel adolescente lloró y dijo: Buen viaje Antonio González Beltrán. Adiós Maestro.

 

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