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Una historia de amor mayúscula

Por Rubén J. Olivares Puertas

El Gran Gastby es una historia romántica, de esas que hacen llorar, pero no por ello estamos ante una novela de amor más. El joven James Gatz (alias Jay Gastby), un muchacho de clase modesta se enamora de una bella heredera con la que no puede casarse debido a que son de clases sociales diferentes; fiel a su amor de juventud,  luchará por conseguir la posición económica que le permita acceder a la mano de su amada, aunque este progreso deba hacerse por medios ilícitos y derrochando en faustos lo conseguido para poder acceder al corazón de la muchacha; cuando parece que el héroe logrará su objetivo, el destino se interpondrá entre ambos precipitando un oportuno sacrificio que le redima. De nuevo injusta e implacable, la sociedad se impondrá entre ambos, reclamando el papel que cada uno debe ejercer por encima de las razones del corazón.

Como ocurre con las grandes obras de la literatura, lo que hace grande a esta novela es la capacidad narrativa, el estilo, el uso del lenguaje y los recursos literarios que Fitzgerald despliega.

Uno de los grandes recursos literarios que han convertido a la novela en un clásico es el papel que el narrador juega en ella. Esta novela no es la historia de Jay Gastby ni de las personas con las que comparte su vida, sino el recuerdo de Nick Carraway de la época que vivió durante su estancia vecindario del elegante balneario de West Egg, en Long Island. Es a través del fino tamiz de Nick Carraway como conocemos la historia de “El Gran Gastby”, envolviendo a la narración en una neblina de irrealidad que envuelve a los personajes en una especie de sueño, de mundo de fantasía alimentado por la irrealidad y desenfreno de la década de los años 20, una época repleta de fiestas, bailes, gánsteres, en la que lo único que parece prevalecer es el placer y la diversión por encima de cualesquiera otros valores. El narrador, a veces visible y a veces agazapado tras las páginas de la novela, se convierte en un cronista, un cuentacuentos que nos transporta a un mundo a menudo a medio camino entre la realidad y la fantasía en el que Jay Gastby es su arquitecto.

En cada una las reflexiones con las que el narrador nos introduce en la vida de Jay Gastby se atisba la personificación de la época que nos describe, un mundo fastuoso, jalonado por interminables fiestas a las que acude gente desconocida como polillas atraídas por la luz, un entorno en el que coexistían el culto al arte junto a los modales de un tabernero, el honesto empresario hecho a sí mismo, junto al rufián que trafica con alcohol, la moralina y el desenfreno, la abundancia y el gasto desmedido de una sociedad que paradójicamente se hallaba al borde del abismo del Crack de 1929.

Los personajes de Fitzgerald desfilan por la novela como seres envueltos en una neblina, de la que nunca acaban de salir, impidiéndonos conocer cuál es el origen de cada uno de ellos; poco se nos desvela de la biografía de la mayoría de ellos y cuando vamos descubriendo poco a poco su carácter, éste sólo parece ser una más de las tantas máscaras con las que cubren su rostro cuando acuden a alguna de las fiestas de Jay Gastby. Esta circunstancia, no obstante, no resta ni un ápice el interés por el libro, al contrario, lo acreciente y le da una fuerza mayor que a través de otros procedimientos no podría haberse logrado, lo que sin duda es uno de los principales valores de Fitzgerald para convertir esta novela en un clásico de la literatura estadounidense y que con menor éxito han tratado de repetir otros autores en novelas de similar argumento pero con una calidad constructiva y narrativa notablemente inferior a la de “El Gran Gastby”. Estamos ante una novela muy literaria, muy escrita, muy soñada, en la que el mundo onírico de sus personajes es compartido por todos como una especie de enfermedad que los envuelva y que ha amasado al héroe de la misma, James Gatz, alias Gatsby.

 

 

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