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Novela incomprendida con graves problemas de edición

Por Rubén J. Olivares

Toda época tiene sus héroes (algunos dirán villanos), y en este caso, el héroe literario del que hablo es J. P. Donleavy, autor capaz de publicar una novela obscena, anticlerical, subversiva y mordaz escrita en plena década de los 50 en una Irlanda profundamente ultracatólica. Bajo este contexto debutó J. P Donleavy, autor americano-irlandés que publicaba en 1955 su primera novela “El hombre de mazapán” (The ginger man), una novela incomprendida, con graves problemas de edición en su época al ser tachada de obscena y anticlerical. De hecho, Donleavy tuvo que dar el salto a la liberal Francia para lograr encontrar a una editorial que estuviera dispuesta a publicarla, como en su tiempo le ocurrió a James Joyce, Samuel Becket o a Henry Miller. Esta novela causó un gran impacto -y aquellos que se acerquen a leerla y hagan un ejercicio de abstracción hasta los años 50 pronto comprenderán el por qué-, estando prohibida durante 20 años en Irlanda, para pasar a convertirse en la actualidad en un título clásico del s. XX recogida como una de las cien grandes novelas de ese siglo elaborada por la web Modern Library.

El hombre de mazapán es la historia de Sebastian Dangerfield, un tipo inolvidable que no pasa desapercibido para nadie, irresponsable, embaucador, pobre de solemnidad, sucio, sinvergüenza, buscavidas, libertino y adúltero, extraviado en el viejo continente que pasa su vida pensando como rapiñar algunas libras para conseguir dinero para comer y poder echar unos tragos en el pub, pasando su vida desde la casa de empeño –su segundo hogar- hasta el pub más cercano, aprovechando entre viaje y viaje para hacer proposiciones libidinosas a cualquier muchacha que se cruce por delante de sus ojos. Pero también es un ser en busca de su propia libertad -¿y quién no lo está?-, la riqueza y la fama que siente que le pertenece pero que se empeña en esquivarle, un sátiro, un moroso profesional y un pésimo estudiante de Derecho del Trinity College que, más que como medio de progreso social, emplea como tarjeta para lograr convencer a prestamistas, bármanes y amantes ocasionales con un exquisito acento más propio de las altas clases que de la vida de Sebastian, mal marido, azote de amantes resignadas, irresponsable padre, enemigo mortal del Papa y del Vaticano, pero eterno “amigo de Jesús” y sus santos -¿cuántos cristianos no se identificarán con su particular visión del cristianismo?- y, en resumen, un utopista empedernido. Y, pese a ser un ser que se burla de todo, que pone patas arriba el mundo en el que vive, es un ser tan frágil como esas galletitas de jengibre –más comunes las de mazapán por estos lares- que se deshacen entre los dedos a la menor presión. Donleavy logra trastocar la moral y la ética, convirtiendo a un ser reprochable y censurable en un héroe que, por su encanto, ingenio y capacidad desmesurada de disfrutar de la vida resulta imposible no querer y llegar a desear ser como él.

El estilo de Donleavy es rápido, inconexo a menudo, y a veces entrecortado. Su autor no narra, sino que describe acciones fugaces y raudas. Exige al lector estar atento a aquello que tiene delante, pues salta sin previo aviso de la primera persona a la tercera persona según si Sebastian está inmerso en unas de sus habituales reflexiones o se haya involucrado en alguna de sus múltiples aventuras. Su protagonista habla y habla a raudales y pasa de un estado de euforia a uno de extrema irascibilidad, confundiendo a menudo al lector, pues Donleavy no deja pistas de los cambios de humor de su protagonista. Ello puede resultar confuso para el lector de una forma parecida a lo que ocurre con el Ulises de James Joyce, aunque se agradece que emplee un estilo lingüístico más simple y cercano. Es una novela divertida, excitante y genial de la que una vez que la leas, no podrás evitar caer enamorado de ella y de su autor.

 

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