Compartir las confesiones de alguien en sus últimos años
Por Vanessa Díez
El legionario se pasea en bata de estar por casa, mientras pone de comer a los animales. Sólo verle me entra frío, para mí ya es invierno. Será que es alemán y no tiene el termostato como el mío. Cabello entrecano, bigote, piernas desnudas, tan sólo una bata y unas pantuflas. Supongo que al menos llevará unos gallumbos, pero quién sabe. Hay quién en enero se baña en un lago de agua helada. A veces veo a los extranjeros todavía con ropa de verano en estas fechas. Ya retirado hace una vida tranquila, ni mujer, ni compañía. Eligió a la legión y ahora ya no le queda nada, pues un banderín no acompaña en las noches oscuras de enero.
No sabemos nada de la vida de los demás. Los otros. Aquellos que comparten espacio o frases de cortesía de vez en cuando con nosotros. Los vecinos no son parte de nuestra vida diaria, pero a veces se cruzan en ella. ¿Sabes algo realmente de tus vecinos? ¿Quiénes son? ¿Qué vida han vivido? Podemos imaginar, alguien puede decirnos algo, pero no existen certezas. Compartir las confesiones de alguien en sus últimos años, recordarle a alguien que tuvo en su vida, aportarle compañía, dejar que cuente aquello que le atormenta antes de partir.
Elizabeth Pringle tenía noventa y cinco años, estaba lúcida, vivía una vida tranquila en su casa frente al mar de Arran. Leía, tejía, paseaba, cuidaba su jardín. Nadie en el pueblo la conocía realmente, pues se había ido apartando de los demás. Una vida austera, espartana incluso. Su única actividad en la que tenía contacto con otros era su voluntariado en el castillo de Brodick.
No se le conocían parientes, nadie sabía que vida había llevado. Ni marido, ni hijos. Ya no quedaba ninguna persona que hubiera conocido realmente a Elizabeth. Sus anhelos de juventud, su ímpetu, su primer amor, sus pasiones. Su labor durante la guerra. Su trabajo como profesora en el colegio de la isla. Su relación con la duquesa de Montrose.
Anna siempre había procurado veranear en la isla de Arran. Disfrutaba aquel lugar. Pasear por aquellos paisajes era el paraíso. Las vacaciones familiares en aquellas playas. Tanto le gustaba que había pensado incluso en comprar una casita que había con vistas al mar. Treinta y cuatro años después fue su hija Martha, por mediación de un abogado, la que recibió la respuesta afirmativa a la petición de Anna, la casa era suya. El legado de Elizabeth Pringle en sus manos.
A través de Martha descubrimos la isla de Arran y los secretos que guardaba la dueña de la casa. Va conociendo lugares en donde estuvo y personas que la conocieron, ayudándole a desentrañar su pasado para comprenderla y poder así cumplir su última voluntad.
Kirsty Wark nos demuestra que conoce bien la isla escocesa de Arran, tanto que dan ganas de ir a visitarla. Contrapone por capítulos las voces de Martha y Elizabeth, presente y pasado, para dejarnos ver que a veces las casualidades nos ofrecen nuevas oportunidades de seguir adelante, de seguir viviendo. Una autora recomendable que nos llega con su primera novela.
