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El converso Carrère nos habla de su hallazgo.

 Por Eduardo Boix

Un palazo en la cabeza. Sí, eso sentí al acabar de leer El reino de Emmanuel Carrère editado por Anagrama. Hacía mucho tiempo que un libro no me removía tanto, no me fascinaba tanto, no me estremecía de pies a cabeza. Al principio he de reconocer que la historia del converso que se arrepiente de sus pecados y abraza el cristianismo, no me seducía nada, es más en cierta parte me causaba repulsión. Quiso el azar, como en los libros de Auster, que el buen amigo Sergio del Molino me la recomendase para hincarle el diente.

Para los que no han leído al autor francés debo decir que no hace narraciones al uso. Sus novelas no va solo de acciones en sí, como así funcionan el noventa por ciento de las novelas publicadas, si no que sus obras, son un canto a la creación en mayúsculas.  En sus páginas se entrecruzan dos tramas, dos tiempos: la propia vivencia del autor, que abraza la fe en un momento de crisis personal marcado por una compleja relación amorosa y el abuso del alcohol, y la historia de Pablo el Converso y de Lucas el Evangelista. Pablo que cae del caballo, tiene una iluminación mística y pasa de lapidador de cristianos a propagador de la nueva fe que transmuta todos los valores. Y Lucas que escribe la vida de Jesús y a partir del cual nos adentramos en los evangelios primigenios, tan diferentes al Apocalipsis de fuegos artificiales de Juan. En estas dos historias entrecruzadas sobre la fe se suceden abundantes personajes, episodios y reflexiones: la serie televisiva sobre muertos que resucitan en la que participa Carrère como guionista, la canguro ex hippie y amiga de Philip K. Dick a la que contrata, los bolcheviques con los que compara a los primeros cristianos, webs porno, visiones eruditas sobre las fuentes originales del cristianismo, la desaparición –¿resurrección?– del cadáver de Jesús…

Carrère no ha hecho un libro sobre el cristianismo, ha hecho un libro sobre su inicial mensaje trasgresor, la doble moral existente. Nos habla de un cristianismo con extraños rituales, la fe, los dogmas. Carrère nos construye su evolución del alteo al creyente con una maestría propia de él. No es un libro de aventuras propiamente dicho, ni una novela al uso, ni un ensayo al uso. Estamos ante un libro que él es la propia aventura y nos contagia con su entusiasmo y su investigación. El reino de Emmanuel Carrère es un libro propio de la maestría de un erudito en estado de gracia.

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