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No existe la poesía política

Por Deborah Antón

Disfruto mucho con la poesía, digamos, urbana. Y no hablo de esa poesía que consiste en un cacareo de marcas registradas y lugares comunes. Lo que quiero decir es que, más allá del clasicismo de ciertos versos o del uso de figuras retóricas (una cosa no quita la otra), disfruto leyendo a esos poetas que le colocan dos patas a la poesía y la sacan a pasear por el extrarradio, y la mezclan con personajes famosos, y la llevan a IKEA, y al bar, y la ponen a ver la tele, y la enfrentan a nuestros problemas. Disfruto leyendo esa poesía que nos acerca al mundo. La poesía es reflejo del mundo y viceversa “cuando unas zapatillas de estar por casa / dicen más que mil páginas escritas”.

Nacho Tajahuerce declara: “Los grandes poetas salen a correr para poder pensar”. La poesía es entonces recorrido. El protopoeta moderno se convierte en corredor de fondo, en lanzador de flechas, en alguien que recorre el espacio a sabiendas de que no puede detener el paso del tiempo. Su misión es “volver al punto de partida / y lamentar que / ese lugar ya no es el mismo lugar”. La verdad es la juventud, los veranos en Valencia, los dientes apretados de Pedro Delgado, una cama sin hacer, la herida primigenia, ese continuo deshojar las flores, toda la destrucción. “Todo es destrucción. / El resto es molino sin aire / o boca sin alimento”.

Poco más se le puede pedir a un libro de poesía. Un libro de poesía no puede contener respuestas. Un libro de poesía no contiene sangre. Todo sigue su curso: “Escribo una palabra / y me escudo en el silencio”. Un libro de poesía es, no obstante, una necesaria renovación, porque “las palabras no escritas / están heridas de muerte”.

La verdad no importa, porque la verdad es la misma, siempre ha sido la misma: lleva millones de años acariciando al mundo con su brisa. Sólo somos nosotros los que cambiamos y damos nuestras versiones de la historia. Somos nosotros los que damos esos infinitos rostros al mundo.

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