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Dulce debut de Gonzalo Alcina

 Por Sandro Maciá

Huelga decir que el cariño puesto en las cosas que uno hace, por poco motivador que resulte al principio, acaba por verse, por lucirse, por destacar como un elemento más de esa estructura que da forma a lo que creamos y que acaba por ser parte de su contenido.

Huelga decirlo, sí, pero eso no significa que no se eche en falta el hecho de que su valor se ponga de manifiesto, al estilo de lo que solemos hacer con otros aspectos más visibles, técnicos y materiales de cualquier trabajo artístico. Por eso, aun sabiendo que la dedicación empleada en dar forma a la creación propia de un artista es algo inherente a ésta, hay ocasiones en las que no reparar en la impronta dejada por el autor en su criatura es imperdonable.

Este es el caso de Gonzalo Alcina, un cantante, guitarrista y compositor que llegó al mundo en el Puerto de Santa María hace casi tres décadas y que, aun habiendo saboreado el éxito más tremendo como parte del grupo Melocos -donde era el genio de las cuerdas-, se aleja de todo conformismo y se lanza ahora a la aventura de abrirse de par en par al mundo, de poner todo su cariño y dedicación en la labor de desenmascarar su universo interior con Vértigo y tranquilidad (2015), su primer trabajo en solitario.

Compuesto por once temas -que dejan bien claro que tras la tupida barba que corona la imagen de Gonzalo se esconde una mente despejada y plagada de emociones-, este álbum primogénito se vertebra en torno a delicadas melodías, con dulces acordes que se diluyen entre suaves acompañamientos y que realzan la voz del propio Alcina, ya sea para dotar a cada corte de vertiginosos sentimientos o para transmitir tranquilas sensaciones, pues, como él textualmente afirma, “vivimos entre cambios y hay que encontrar el equilibrio entre estos dos conceptos”.

Y ahí, en el equilibrio, es donde se encuentra el punto de partida de cada canción, de cada tema de un tracklist que comienza con Daría -canción escogida como single, de tono y base folk, que pone el énfasis en esa ofrenda incondicional hacia la persona amada, hacia esa mitad que todo lo vale–, y que termina con una muestra de auténtica poesía: Tus pasos,–“y yo no se bailar, pero escojo, como virtud, tu abrazo. Soy estudiante de tus pasos”-.

Entre ellas, de un extremo al otro, son nueve las composiciones que, producidas por Josué Santos y mezcladas y masterizadas por Emilio Mercader, nos van llevando por sendas de tierra y mar, cruzando algunos paisajes country – como ocurre en Gloria, en la que colabora Virginia Labuat-, y haciéndonos partícipes, incluso,  de historias basadas en sorprendentes relaciones –preciosa y emotiva Barba & Rock and Roll-.

De arrolladora cercanía y extrema sensibilidad en cada verso, las canciones de Gonzalo Alcina no pasan desapercibidas, sino que se sienten y se saborean, palpándose en ellas influencias como las de Jorge Drexler, Norah Jones o Quique González, lo que hace aun más especial este disco absolutamente artesanal –está financiado por mecenas- y que será presentado como merece en sus próximos directos: “al simple abrigo de las guitarras acústicas, el cajón y un piano”.

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