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Tulsa y su ultramarino La calma chicha

Por Sandro Maciá

Seguir un mismo rumbo y repetir una misma fórmula sin caer el hastío resulta tan complicado como navegar por los mares del panorama musical actual, y sus vientos y tempestades, sin asumir el riesgo de que el oleaje puede llevarnos, con la misma facilidad, a la más paradisiaca de las playas o al más rocoso de los acantilados.

Sin embargo, por difícil que parezca, siempre hay experimentados marineros que no temen continuar perpetuando un estilo propio ni se dejan amedrentar por estos virajes imprevistos de las olas, tripulantes como Miren Iza, Alfredo Niharra, Martí Perarnau, Javi Carrasco, Charlie Bautista y Carasueño, o lo que es lo mismo, jóvenes intrépidos que en estos vienen a descubrirnos que “cuando el viento no sopla, en el mar reina la calma chicha y el movimiento se convierte en una ilusión” y que cuando levan anclas, cada vez que zarpan, bajo el nombre de Tulsa.

Y es que, tras Sólo me has rozado (Subterfuge, 2007) y Espera la pálida (Subterfuge, 2009), la formación presenta ahora su marítimo La calma chicha (Gran Derby Records, enero 2015), un tercer Lp que la propia cantante, Miren, define como “de espíritu artesanal y cálculo milimétrico” y que se compone de nueve cortes, escritos entre Nueva York, Madrid y Hondarribia.

Nueve, sí. Nueve son las historias en las que, desde la insidiosa Leña y la concluyente Los ilusos, si algo palpita, es una calidez sin concesiones, una cercanía que, aunque se intente disimular con acertados plugins y samples y pese a las atmosféricas proporciones que alcanza el sonido, por ejemplo, en Casa, acaba por envolver al oyente, dedicándole a veces las historias más bonitas y, en otras ocasiones, haciéndole partícipe de las más desgarradoras confesiones.

Concebido como un disco que, sin renunciar a la esencia americana de la banda, se sirve de texturas electrónicas, cajas de ritmos y sintes, La calma chicha cautiva sin tener que recurrir a un giro radical, apostando por estas pequeñas adiciones pero conservando el protagonismo de una voz que se adapta, por igual, al animado ritmo de Gente común, al minimalismo de Ay, a la dulzura de Oda al amor efímero –inimitables los matices transmitidos en un verso aparentemente sencillo como “no me importa, si eres listo o idiota, te voy a querer igual”- o a la adictiva En tu corazón sólo hay sitio en los suburbios, donde los milimetrados cortes en su base musical y su rabia vocal hacen imposible no caer en la comparación con grandes figuras amantes y cultivadoras de esas estructuras, como la mismísima Najwa Nimri.

Iguales pero distintos. Tulsa tiene estilo propio y, nuevamente, lo demuestra en este disco, donde no se sale de sus señas de identidad