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Nací con el nombre de Sarah, por mi madre. A ella siempre la llamaban Sal. Yo era la pequeña de la familia y por eso me llaman Dolly

Por Ana Olivares

Esta semana os presento el relato de vida de Sarah Thornhill, una mujer joven de mediados del siglo XIX que vive con su familia en la colonia australiana de Nueva Gales del Sur.

La familia Thornhill trata de ganarse el pan a orillas del río Hawkesbury, donde van a parar todos los deportados cuando consiguen su libertad. Esa es la figura del señor Thornhill, antiguo barquero y ahora terrateniente que mantiene a su cuadrilla de trabajo gracias a la pequeña fortuna que ha ido amasando. Eso lo convierte en un “viejo colono” y no en un ex presidiario.

Tras morir su primera esposa “Sarah”, se casa de nuevo con una severa mujer llamada Meg, quien pasa a ser la madrastra de sus hijos: Will, era el mayor y lo llamaban el capitán Thornhill porque cazaba focas; Johnny al que llaman “bub”; le sigue Mary, tres años mayor que nuestra protagonista y narradora Sarah o Dolly. Sin embargo, Sarah descubre que tiene otro hermano mayor llamado Dick, aunque nadie logra aclararle si está vivo o muerto porque no quieren hacer enfadar a su temperamental padre.

Sarah abandona la idea de desenterrar el pasado, está entusiasmada con Jack Langland, el amigo y socio de su hermano mayor. Con el vivirá una auténtica historia de amor adolescente, iniciática por la diferencia de edad y repleta de promesas y sueños de futuro. Pese a que Jack es mestizo, la cuestión de raza no será impedimento para ambos. Pero ambos descubrirán que estaban equivocados, porque comparten un pasado y un presente marcado por la tragedia, y no podrán escapar a ésta. Suceden distintos acontecimientos que los obligan a alejarse, y mientras Sarah prosigue creciendo y madurando como mujer, sin pretenderlo comienza a reconocer de nuevo el amor en la persona más insospechada.

El punto de unión entre ambos mundos (blancos y negros o indígenas) será Rachel, la pequeña sobrina mestiza que dejó su hermano al morir. Ninguno la supo cuidar hasta que fue demasiado tarde. Éste hecho, unido a la enfermedad de su padre y al reencuentro con su desaparecido hermano mayor la hacen descubrir una aterradora verdad que marcará su vida: nadie escapa de un pasado corrompido por la maldad. Sarah tratará de enmendar sus propios errores y los errores que otros cometieron; aunque les permitieran mantener un alto nivel de vida han envenenado incluso los recuerdos más dulces y han destapado la mentira de su vida.

Su protagonista no juzga, sino que indaga y descubre secretos que permanecen íntimamente ligados a su historia familiar, y aunque ella no sea consciente, se siente obligada a acercarse de nuevo al extraño mundo de los indígenas para redimir la afrenta que su apellido todavía mantiene con ellos.

Kate Grenville ha sabido utilizar la biografía de una maravillosa mujer de la cual desciende para ambientarnos en una época difícil en la que las colonias significaban oportunidades de riqueza para los colonos y la ruina o explotación para los autóctonos que no tenían ningún tipo de derecho o protección frente a los “blancos”. Se toca el tema del racismo al principio de forma sutil hasta convertirse en el telón de fondo de la historia. Y su autora es franca, expone de forma fidedigna todos los aspectos que perjudicaron a los “negros” a favor de la propia prosperidad de su familia. En definitiva, una novela organizada en cuatro partes que nos habla de juventud, amor y esperanza; también de injusticia, honor y redención.

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