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Soy un ser humano comprimido. Me despido de alguien que nunca volverá

Por Ana Olivares

Esta semana tengo el gusto de presentaros una pequeña novela de tintes orientales que trata sobre la amistad en sus distintos niveles. Y acerca del miedo, ese que nos paraliza o nos obliga a encerrarnos en nosotros mismos para no tener que enfrentarnos a la extraña y terrible sociedad de la que no queremos formar parte. Hasta que encuentras a alguien que de nuevo te hace sentir que formas parte de este mundo obligándote a reencontrarte contigo mismo para iniciar el cambio hacia la reconciliación. Esto es lo que le sucede al joven Taguchi Hiro, un hikikomori japonés que apenas sale de su habitación pero que de pronto se cruza en el camino de  Õhara Testu, un asalariado cincuentón que apenas se distingue entre la gran masa de trajes salvo por su corbata de franjas rojas y grises.

En Japón, la presión familiar y social a la que se ven sometidas las personas es demasiado fuerte como para soportarla. Las familias aspiran a lograr grandes metas, a quien es hijo de abogados no le espera un fin distinto; quien es pobre se ve sometido a los continuos qué dirán de su comunidad; incluso los jóvenes que no se adapten a “lo normal” serán sometidos a bulling en la escuela…todo gira en torno a los prejuicios sociales y a las expectativas que otros han depositado en ti. Lo difícil es saber distinguir quienes somos o quienes nos gustaría ser. Por eso Hiro, cuando ve a Testu desea conocerlo, pero no se atreve a dar el paso pues simplemente con mirarlo éste ya forma parte de su mundo de cuatro paredes. Primero el silencio y la observación, después la curiosidad, hasta que se inician las conversaciones, ligeras, directas, sencillas y sin espacios. Como un universo paralelo trazado entre los dos en los que cada uno expondrá sus vivencias y sus temores, llegando a comprender que la vergüenza ya no es motivo suficiente como para no asumir los errores… un viaje interior mediante el cual sacarán fuerzas para volver a tomar las riendas de sus vidas.

La narración es sencilla pero repleta de significado, con capítulos muy cortos numerados que nos permiten ver la escena desde fuera. A modo de tragedia griega nos sumerge en lo más absurdo y a la vez, en lo más profundo de nuestras decisiones, aunque no importa si son acertadas o no, lo importante es saber a dónde nos han llevado y cómo nos han transformado. El punto de unión entre ambos personajes precisamente es que están fuera del sistema y han creado una realidad ajena, uno por propia voluntad y otro por obligación. A partir de su encuentro nace una amistad, tan fuerte que les permite entenderse el uno al otro, pero siempre alejada de los prejuicios. Se trata de escuchar sus voces hasta que la verdad sea tan cegadora que no les permita dudar. Comparten un mismo espacio, en el que los errores del pasado y del presente siguen oprimiendo sus corazones impidiéndoles actuar. Pero el mutuo entendimiento y la empatía les permitirá abrirse paso hacía la responsabilidad.

Milena Michiko Flašar ha logrado crear una novela inspiradora que nos empuja a reflexionar a través de imágenes habladas. Desde lo aparentemente simple nos sumerge en lo profundo del entendimiento humano hasta conformar un relato íntimo y cautivador que nos empujará a implicarnos en cuerpo y alma con la raza humana en contra de la impuesta realidad social.

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