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Distinguir la realidad de la ficción ante la esquizofrenia

Por Rubén J. Olivares

¿Qué es realidad y qué es ficción? Todos hemos vivido sueños tan vívidos que hemos tardado segundos tras despertar en distinguir lo soñado de la realidad. El mundo onírico nos atrapa cada noche y nos transporta a realidades tan intensas que nos cuesta distinguir lo real de lo imaginario. Esto mismo es lo que le ocurre al protagonista de la novela “Relojes muertos”, con la salvedad de que él mismo vive en un sueño constante -a menudo pesadilla- en la que es incapaz de distinguir lo real de lo imaginario. Atrapado en un mundo dominado por la esquizofrenia, Gonzalo, el protagonista de este relato, trata de rehacer su vida cacho a cacho tras su salida del hospital mental en el que estuvo ingresado como parte de la terapia para ayudarle a dominar la realidad paralela en la que vive.

Volver a un mundo que no reconoce tras haber pasado un tiempo indeterminado, que él mismo no es capaz de recordar, en un centro hospitalario mental lo han convertido en un ser frágil que trata de adaptarse a la rutina de una vida que le es desconocida. Gonzalo se ha “institucionalizado”, habituado a las rutinas del hospital mental, se muestra dubitativo al inicio de la novela ante la vida nueva que se le presenta ahora que vuelve a estar “libre” y “curado” de su enfermedad mental. Pero lo que debería ser un momento de felicidad se nos va desgranando a medida que avanzamos por las páginas de esta novela en un infierno personal diario al que debe sobreponerse paso a paso. Gonzalo debe aprender a convivir con su pareja, Ángela, retomar la rutina laboral en el banco en el que trabajaba y volver a las rutinas familiares con sus conocidos y amigos. Pero a los esfuerzos que cualquier persona debería hacer, él debe sumar la lucha constante contra su esquizofrenia que lo arrastra poco a poco hacia un pozo de locura y paranoia en la que es incapaz de distinguir entre la realidad y la ficción. Incluso al lector se le hará complicado distinguir, en algunos pasajes, que es la realidad que viven los personajes y que es la ficción paralela en la que Gonzalo se ha introducido, lo que es un mérito por parte de Eva M. Medina, ya que logra arrastrarnos verdaderamente hacia la locura de Gonzalo, haciéndonos dudar y volver sobre nuestros pasos, para entender que lo que estamos leyendo no es la “realidad” de los personajes sino la “ficción” de un esquizofrénico.

Pese a la brevedad de la novela -165 páginas- la autora logra introducirnos en un mundo onírico en el que, si nos sumergimos de lleno en el protagonista, seremos partícipes de la angustia, la congoja, la inquietud y la opresión que vive Gonzalo en su día a día. Eva M. Medina logra atrapar al lector en una red de no-recuerdos, aislamiento y desasosiego de equívocos a nuestros ojos -pero no a los de Gonzalo-, obsesiones y realidades ficticias, argumentos suficientes para acercarse a esta novela, debut literario de la autora. A ello contribuye la escritura de la misma, hecha a partir de frases cortas e intensas, que logran darle mayor velocidad a lo que se nos narra, pese a la sensación de tiempo muerto que levita en algunos párrafos, debido a la atmósfera de irrealidad en la que nos sumerge su protagonista y que se acelera a partir de la segunda mitad del libro, en la que cual nos iremos adentrando con rapidez en el mundo irreal de Gonzalo. Sólo por sentir en nuestra propia piel el mundo de Gonzalo merece la pena leer “Relojes muertos”.

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