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La vuelta de Ana Rosetti

Por Deborah Antón

Es un privilegio tener la oportunidad de charlar con un autor a quien admiras sobre su obra. Yo pude hacerlo el pasado 10 de abril, gracias a la iniciativa de Cristina Serrano “Un cuarto propio” , que lleva libros de acá para allá y reúne a autores y lectores por doquier. Así, un grupo de mujeres (no porque fuera un encuentro exclusivo para mujeres, simplemente no vino ningún hombre) nos reunimos, para conocer a Ana Rossetti y comentar con ella su poemario Deudas contraídas, que nos había dejado traspuestas a todas, con el estómago del revés.
Como la misma autora reconoce, Deudas contraídas es un libro duro, incómodo y, aunque ha sido publicado hace poco, es producto de una gestación larga y lenta, difícil. Y se nota. La perfección del libro es milimétrica: se ha dicho lo preciso, lo justo; son poemas en prosa en los que todo está en su lugar. Poemas en prosa o prosa ‘en música’, casi diría yo; pero no una música que distrae, sino un ritmo que cumple su función pasando desapercibido y, aun así, un ritmo que acompaña y que ayuda a nombrar las cosas.
El ritmo es prácticamente el único asidero del libro. Todo lo demás es la realidad, cruda como es. Con todo lo subjetiva que puede ser la poesía, en Deudas contraídas no hay lugar para la duda. En parte, por ello he decidido no revelar nada sobre su contenido en esta reseña; considero que este libro debe leerse sin más mediación. Sabemos todo el tiempo sobre qué se está hablando: no hay manera de no verse reflejado, y de no sentirse, como apuntó una de las asistentes, víctima y a la vez verdugo de lo que pasa. Curiosamente, tras lo brutalmente social de los escenarios de Deudas contraídas, Ana Rossetti apunta que la “deuda” principal, y la única que está saldando con el libro, es la suya consigo misma.
Detrás de todas las capas de las que se compone nuestra realidad, Deudas contraídas es un espejo donde se refleja la sociedad y donde nos vemos a nosotros mismos. Nadie está libre de responsabilidad. En el libro no hay esperanza porque en muchos lugares del mundo tampoco la puede haber, y tratar de ofrecer esperanza cuando no la hay es demasiado cruel. Lo único que puede hacer el poeta es escuchar y contar lo que pasa. Y debe hacerlo. En ese sentido, Deudas contraídas es la radiografía del desequilibrio social, del dolor humano. Una obra absolutamente necesaria.

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