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La vida tiene algo de tragicomedia.

Por Rubén J. Olivares

Hubo un tiempo en el que en los cuentos, los príncipes no eran serviciales, las damiselas en apuros no eran castas y los monstruos, a menudo habitaban, en el interior del héroe. Los relatos de Liudmila Petruixévskaia nos devuelven de nuevo a este tiempo, un conjunto de relatos en los que el hilo conductor son las mujeres, personajes que en la narrativa de Petruixévskaia se mueven entre la ingenuidad, el morbo y lo macabro, bajo el marco del crudo realismo  de Chejov, que aporta el sentimiento de tragedia y desamor que componen el resto de ingredientes de estos relatos. Los personajes de la autora vagan entre la pobreza, la marginación y la soledad, esperando un golpe de suerte que les permita escapar, aunque momentáneamente, de su desgraciada rutina, la cual se manifiesta a través de amores truncados, relaciones entre jóvenes inmaduros que se traducen en embarazos no deseados, ancianas que cargan con el peso y responsabilidad de sustentar a la familia, personas solitarias, hurañas, con un pasado turbio y un físico poco agraciado, seres que viven en infraviviendas, carentes de recursos materiales y a menudo sentimentales, caídos en desgracia por la codicia de familiares que buscan desposeerlos de sus bienes para un beneficio propio inmediato.

Este conjunto de relatos nos devuelven la tradición de la narrativa oral, con un estilo parco en palabras – más propio de un cuentacuentos que de un novelista -, equilibrado en el uso de los adjetivos y palabras, descripciones cortas y precisas, lo suficientemente detalladas como para que cada lector cree su propia atmósfera narrativa y personajes sencillos, con los que resulta fácil empatizar. Este peculiar estilo dota a la obra de ligereza y sencillez, algo de agradecer en una colección de relatos, especialmente cuando los temas que se tratan en ellos tienen un trasfondo tan trágico-cómico como el que se deja entrever en el título que da nombre al libro.

El mérito que su construcción presenta para su autora es el de haber sido capaz de articular una novela a partir de un montón de seres desafortunados, despojos sociales, en una sociedad que se desmorona y se desquebraja, plagada de pobreza e infortunios, alejados de los relatos brillantes, y a pesar de ello lograr que el lector quede atrapado entre sus páginas y siga leyendo sus relatos hasta el final del libro. Es difícil no acabar sintiendo algo de cariño y simpatía por los personajes de Petruixévskaia, seres frágiles carentes de lo más básico, que sólo aspiran a lo mismo que nosotros: un poco de amor y un trabajo estable que les permita transitar por la vida sin demasiados sobresaltos. La Rusia de Petruixévskaia se nos presenta como un lugar duro, en el que sólo los más resistentes y moldeables logran sobrevivir, en el que las relaciones entre sus habitantes a menudo son tan frías como su invierno, pero en la que, pese a todo, pervive una voluntad de seguir hacia adelante, de perdurar y lograr sobrevivir un día más a la espera de que la fortuna llame la puerta.

Un libro, en síntesis, que nos permite acercarnos hacia una de las figuras de la narrativa contemporánea rusa más innovadoras, que consigue con su sencillez y simplicidad emocionarnos.

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