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La luz metafísica de la fe

Por Eduardo Boix

A lo largo de la historia el poeta ha sido nombrador de las cosas. El principio de la filosofía es nombrar a las cosas, poner el nombre a lo tangible y a lo abstracto, para así buscar el hueco a cada objeto o a cada sentimiento. Muchos poetas, que al fin y al cabo son filósofos, han conseguido llegar a su Dios de esta forma, nombrando a las cosas, dando luz a las imágenes, como San Juan o Santa Teresa. El misticismo podría ser eso, una forma de llegar a la raíz de la palabra de los nombres.

La luz impronunciable de Ernesto Kavi es un libro que ahonda en la mística pura. La concepción de las palabras como forma de nombrar al todo desde la nada. La luz como principio de todo, la palabra como la herramienta para el ser humano. Y eso nos dice Kavi: Oculta bajo la voz hay otra voz. Bajo las palabras, otras palabras. Quise cavar hasta llegar a ellas. Cavar a través de siglos. Más profundo aún. En la lengua. En la memoria. Cavar hasta desenterrar lo que ya no es nuestro, lo que nunca fue, lo que perdimos. Nuestro hablar materno. Imágenes holladas. Ídolos antiguos. Herrumbrado esplendor. Recordar que hubo nombre para lo nunca dicho. Eso intenté. Tocar los libros que contaminan las manos. Decir Shir-hashirim, Qadosh-qedoshim, Qohélet, ya sin temor. Balbucear lo impronunciable. Eso intenté, en un andar a ciegas. Restaurar nuestra memoria, tocar la lengua perdida en nuestra lengua, la llama, el alfabeto calcinado cuyo ardor alivia.

La luz impronunciable entronca con la tradición, porque la tradición es sabiduría, y este poemario está repleto de la misma. Una sabiduría que habla del origen, de la raíz que es lo que nos da la materia.

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