Cosas que no quiero saber de Deborah Levy.

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por Vanessa Díez

Unas manos masculinas sobre el cuello de ella, aprietan y la asfixian. Ella cae al suelo. Era un sueño recurrente de mi adolescencia, una pesadilla más bien. Existe un poema y un boceto en el margen. Mis poemas adolescentes están llenos de sangre y cuerpos retorcidos por el dolor, además de ser rimas. Escondía en los versos aquello que callaba como estudiante ejemplar. Desde mi infancia los abusos se producían, aquel era un hogar infeliz. Cuando le leí mis poemas a mi madre me confesó que esto sucedió cuando yo tenía tres años. Mi padre llegó ebrio una noche y cogió del cuello a mi madre. Cayó al suelo y yo lloraba sobre ella. Durante muchos años aquello me persiguió, llegaba cada noche para atormentarme. La lucha entre marido y mujer siempre fue feroz, se herían mutuamente, después ella caería en depresión y él se aislaría emocionalmente. Sobrevivimos en aquella trinchera de locos. 

A nuestra autora le sucede algo parecido. Llora cada vez que sube unas escaleras mecánicas. Decide alejarse de todo, vuelve a la casa rural de Mallorca de otro tiempo. Ella misma ya es otra, sólo el hotel sigue como siempre. A sus veinte años enamorada escribió allí su primera novela. Ahora regresa con la esperanza de poder recuperar parte de aquello. Escribir lejos de todo y de todos. Aunque los recuerdos nos persiguen allá a donde vayamos y si no resolvemos el pasado reconciliando lo que sucedió no nos dejará vivir el presente si no un limbo eterno.

En “Cosas que no quiero saber» Deborah Levy se narra como mujer adulta contando sus viajes ya sea a Cracovia o a Mallorca pero también como madre con sus contradicciones ante el resto de madres y ante la sociedad. Va en busca de autoras como Julia Kristeva, Adrienne Rich, Marguerite Duras o Simone De Beauvoir. Y nos dice: “La Madre era La Mujer que el mundo entero había imagino hasta la saciedad. Costaba mucho renegociar la fantasía nostálgica del mundo acerca de nuestro propósito en la vida». Afirmando que la Madre que nos ofrece el sistema es un engaño. El juego de la culpa que sienten las mujeres entre el deber y aquello que desean y lo que la sociedad exige y ofrece. “La Maternidad era una institución concebida por la conciencia masculina. Necesitaba que las madres pisotearan sus propios deseos y atendieran primero los deseos masculinos”. “Algunas madres enloquecen porque el mundo que las hace sentir inútiles es el mismo del que se enamoran sus hijos».

Deborah Levy nos adentra en su infancia marcada por el apartheid africano. Su padre ya era en aquel tiempo alguien a favor de los derechos humanos, algo que ahora nos puede parecer lógico, pero fue encarcelado precisamente por eso varios años. Ella nos cuenta los cambios que sufre como consecuencia. Tenía cinco años y recuerda cuando se lo llevaron. A los siete aún no ha vuelto y ella no es capaz de hablar alto. En el colegio no van las cosas bien. No se siente segura con los adultos. Y la enviaron a casa de su tía, que estaba a favor del movimiento, con un cambio de colegio obligatorio para ella, la llevaron a las monjas. Finalmente regresa a casa y su padre también, cuando ella tiene nueve años. La familia emigra a Inglaterra para intentar ponerse a salvo aunque sus padres se separen más tarde.

Leí antes “El coste de vivir” que “Cosas que no quiero saber». Segunda y primera parte. No importa el orden pues lo imprescindible es descubrirla. Ambos libros son historias completas independientes que no nos llevan a una u otra. Como lectora se agradecen estos detalles, pues no siempre podremos leer cada uno de los pedazos, en este caso es una trilogía. Pero si os encontráis con cualquiera de ellos podréis leerlo sin necesidad de saber el resto.

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