De la India a París en un armario de Ikea – Ken Scott.

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por Rubén Olivares

La adaptación de la novela del francés Romain Puértolas por parte del canadiense Ken Scott es un cuento de hora y media en la que se mezcla el realismo mágico, los números musicales de Bollywood y una visión edulcorodada sobre la desigualdad, a través de las peripecias de un hombre que trata de sobrevivir en los bajos fondos de Mumbai y que, debido a una extraña carambola del destino (de la cual esta película está repleta) se verá inmerso en una odisea personal a lo largo de Europa y el norte de África.

Aja es un joven estafador de Mumbai que se gana la vida timando a turistas y robándoles pequeños objetos al descuido (teléfonos móviles, relojes, cámaras de foto, etc.), al tiempo que trata de sobrevivir a las extorsiones de un mafioso local. Tras la muerte de su madre inicia un viaje extraordinario siguiendo las huellas de su padre, un artista parisino que viajó hace años a la India donde se enamoró de una joven y de cuya unión nació él. Aja acabará encontrando el amor en París, en una tienda de una multinacional de muebles sueca, se verá inmerso en una epopeya con un grupo de inmigrantes somalíes que viajan ilegalmente a Inglaterra, conocerá la fama en una pista de baile en Roma de la mano de una importante artista y vivirá una rocambolesca aventura a bordo de un globo aerostático sobre el Mediterráneo, hasta que acabe regresando al punto de inicio de su aventura, la India, para vivir su propia epifanía y descubrir qué es la verdadera riqueza y qué es lo que quiere ser.

Ken Scott nos vende un mensaje de tolerancia, multiculturalismo, optimismo y capacidad de superación, filtrada por un tamiz naïf que acaba convirtiendo su acercamiento hacia temas espinosos, como el chabolismo, el periplo de los inmigrantes hacia Europa, la huida de los refugiados o la acogida que se da a estos por parte de Occidente, en una especie de spot publicitario en tonos pastel; por otro lado, resulta tramposa la humanización de los inmigrantes a partir de estereotipos raciales, por cuanto que contribuye a generar una visión del inmigrante que nada tiene que ver con las múltiples tragedias e historias que componen a este colectivo. Se pierde una oportunidad para acercar al espectador a la realidad de los perdedores de la globalización, los excluidos sociales, los que conforman a los “nadie” de Galeano, los que sueñan con la vida de los que son alguien, en favor de alimentar la fábula que compone esta historia y darnos una visión de cine de “postal”: en la retina se nos quedará grabada la Torre Eiffel iluminada sobre los Campos Elíseos, La Fontana de Trevi y el Capitolio o el azul celeste que se confunde con las aguas del Mediterráneo en un día de primavera. Hasta el campamento de refugiados resulta un lugar pintoresco, relativamente ordenado, limpio y colorido. Ken Scott sacrifica el realismo de sus escenas en pro de construir una feel-good movie en la que el espectador se deja envolver, encadenando escenas que sabemos que en la vida real sería imposible que sucedieran pero que, en esta historia esperamos que ocurran porque empatizamos con su protagonista y porque, admitámoslo, a todos nos gusta que “al bueno” le ocurran cosas buenas. Además, desde el principio nos dejan claro que es lo que estamos viendo: un cuento, una fábula que como tal debe interpretarse.

Destacan con luz propia las interpretaciones de los actores, que contribuyen a hacernos creíble este cuento: el peso de la misma recae en Dhanush, un actor desconocido para el público occidental, pero con una larga trayectoria en la India que, si bien no ganará un Oscar ni se hará un hueco como galán, consigue transmitir alegría, emotividad y esperanza a través de una de las sonrisas más sinceras, luminosas y bellas de la gran pantalla. Por otro lado, contamos con grandes secundarios como Barkhad Abdi, que encarna aquí el papel de refugiado somalí que se convierte en un contrapeso de Dhanush, la actriz Bénérice Bejo, que enamora desde el primer segundo que aparece en pantalla, el secundario de lujo Ben Miller, que se atreve a marcarse unos pasos en una gris comisaría británica y Erin Moriarty, que encarna el amor de Aja. Una película que funciona, pese a sus altas dosis de almíbar, que sabe mezclar con éxito drama y humor. No te cambiará la vida… pero saldrás del cine con una sonrisa.

 

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