La mujer de la montaña de Benedikt Erlingsson.

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por Rubén Olivares

Los islandeses son un pueblo peculiar. Mientras en Europa se rescataban bancos por medio al impacto que su quiebra pudiera tener en la economía, los islandeses decidieron dejar que quebraran. Además, castigaron a sus dirigentes políticos y a los banqueros que propiciaron la quiebra de su sistema llevándolos a juicio. Tampoco les ha temblado la mano cuando han tenido que restringir el turismo para preservar sus espacios naturales, aunque eso suponga una merma en sus ingresos. El carácter islandés resulta peculiar para el resto de europeos y ello acaba teniendo su reflejo en su cine, que se ha hecho un hueco entre los principales festivales de cine por mérito propio gracias a su carácter humilde, su capacidad para mezclar con éxito la subversión, situaciones absurdas y dramáticas junto a una mirada especial por el entorno que transciende lo puramente paisajístico. Sobre estas premisas se alza “La mujer de la montaña”, la película del islandés Benedikt Erlingsson que gravita en torno a uno de los mejores personajes femeninos del año, Halla (Halldóra Geirharðsdóttir), la mujer que protagoniza la cinta y que constituye una especie de vikinga ecologista decidida a preservar la naturaleza de su isla por encima de los intereses económicos de su gobierno.

Halla, una profesora de canto de cincuenta años, ha declarado la guerra a la industria islandesa del aluminio debido al impacto medioambiental que tiene sobre la isla. Para ello no dudará en dejar que su sangre vikinga tome las riendas e iniciará una serie de sabotajes de terrorismo medioambiental destinados a paralizar la actividad de esta industria. Pero su vida cambiará cuando reciba la inesperada carta de aprobación de los trámites de adopción de una niña ucraniana, lo que le hará replantearse sus prioridades. Estamos ante una fábula ecologista que nos invita a reflexionar sobre las prioridades de nuestra sociedad y sobre el impacto que individualmente podemos tener.

Erlingsson construye un personaje fascinante por su doble personalidad –entrañable y tierna directora de un coro, amorosa mujer que busca ser madre adoptiva, frente a una segunda faceta como activista medioambiental que no duda en aplicar tácticas terroristas para lograr sus objetivos –, que tiene en su hermana gemela la contraparte que le da el equilibrio necesario para cubrir sus inseguridades, y que nos muestra que una heroína también está llena de inseguridades y errores, pero que lo que la hace destacar es su capacidad de aceptar el riesgo, el desatino y el fracaso y asumir las consecuencias de sus decisiones con madurez y entereza. Es en esta vulnerabilidad de la heroína, en lo corriente de su carácter donde reside el encanto de esta película, con una fotografía preciosa, unos personajes cercanos dotados de un fuerte humanismo y una historia entretenida y llena de humor y acción, cuya única pega es la obsesiva manía del director por romper la cuarta pared con el espectador (haciendo añicos la diégesis de la película), recurriendo desde el inicio de la misma a planos fijos del grupo de músicos y el coro que componen la banda sonora, lo que resta credibilidad al mensaje que la película transmite y reduce importancia al papel central de Halldóra Geirharðsdóttir, eje sobre el que gira toda la acción de la película.

“La mujer de la montaña” se mueve con unos postulados dramáticos clásicos. A medida que la trama de la película avanza, los conflictos se complican – y cada vez es más difícil mantener el equilibrio de la doble vida de Halla – y la película va reduciendo su ritmo hasta alcanzar el desenlace del clímax que recoge el mensaje final del director: todo gesto contribuye a preservar la naturaleza, pues somos nosotros los que dependemos de ella y no al revés.

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