La retornada de Donatella Di Pietrantonio.

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por Vanessa Díez

Sus zapatos nuevos de charol  me atormentaban. Brillaban a cada paso. Relucientes sobre aquella tierra áspera. Mis pies tan sólo llevaban unas viejas sandalias. Muchas veces eran mi calzado durante todo el año, con unos calcetines durante los meses de más frío. A veces también venía con un vestido nuevo puesto. Mis tías arseguraban que el vestido nuevo había salido de un retal sobrante, pero para mí seguía siendo un vestido nuevo que ponerse. No sabía que era llevar algo nuevo, ni vestido, ni zapatos. Tan sólo me llegaba lo desechado. Cuando ella ya no podía llevarlo llegaba a mi. Era mi hermana mayor, yo era la segunda. Todo llegaba a mi después. No me veían, primero siempre ella que vivía con los abuelos. Incluso mi madre la recordaba, aunque no estaba para ayudarla como yo.

En cuántos hogares se ha repetido la misma historia. Embarazos muy seguidos y muchas bocas que alimentar. Aquí en nuestro país incluso en los años sesenta. Matrimonios humildes que aceptaban la ayuda de familiares, ya fueran los tíos o los abuelos. Además antes las distancias no eran como ahora, se dependía de caminos en mal estado y de transportes más lentos, aunque fueran de motor, incluso de carros en muchos casos. Así las visitas se distanciaban.

“La Retornada” cuenta una de estas historias en Italia. El hambre y la miseria en una familia que entrega a unos familiares a una de sus hijas. Esta vez la niña se cría con más lujos sin saber su verdadero origen. Le permiten estudiar y aspirar a un futuro mejor. En su adolescencia todo cambia de repente y es obligada a regresar a aquella casa llena de gritos. Pero aunque se ve allí, por las circunstancias, no pertenecerá realmente a aquel rincón, ni a aquel pueblo tan siquiera, donde los niños empezaron a llamarla despectivamente “la retornada” al destacar durante las clases por su inteligencia sobre ellos, debían atacarla, para que no fuera mejor que ellos, para atemorizarla y que siguiera los pasos de escasez trazados por sus ancestros.

Una niña que empieza a ser mujer cuando regresa a casa. Se encuentra con sus hermanos y hermana. El hermano mayor descubre en ella las formas de una mujer, no de una hermana, no han crecido juntos, no se conocen, no hay formas y costumbres entre ellos. Ella al volver la vista atrás recuerda aquellos días, cómo debió enfrentarse a lo desconocido para sobrevivir. La crueldad del silencio de los adultos ante la inocencia infantil, pero entre aquellas paredes sus hermanos hace tiempo que debieron crecer de golpe para ser capaces de salir adelante. Ella irá uniendo los pedazos, cosiendo las heridas, para poder coger parte de los dos mundos.

Donatella Di Pietrantonio nos habla de una realidad que durante generaciones fue costumbre. El hambre y la escasez obligaba en muchas ocasiones a ceder un hijo. Cada historia habrá sido diferente, pues no todos han estudiado como nuestra protagonista, además siendo mujer. La autora de forma sencilla habla de tiempos duros de familias pobres que deben elegir sobre el futuro de sus hijos, cuál tendrá más posibilidades de salir adelante, cuál estará alejado de la escasez, cuál se verá tentado por el camino rápido de la delincuencia ante la falta de un trabajo digno y bien pagado, cuál terminará de manera fatídica por las circunstancias, cuál no volverá a casa nunca. Pero Donatella nos habla de todo ello sin aspavientos, como el viento que llega a susurrarnos al oído, ya es dura y compleja la historia, ella nos lo digiere. Nos ayuda a ser testigos de aquellos escenarios donde todo faltaba, donde cada hijo aportaría en cuanto tuviera uso de razón su fuerza de trabajo para ayudar a que todos salieran adelante.

 

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