Las Catedrales del cielo de Michel Moutot.

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por Vanessa Díez

 

Decir la verdad no te garantiza que la gente te escuche. No es de agrado que a los superiores les digan que están equivocados. Por mucho que les estés haciendo ver que se darán con un muro dentro de poco. Hay un error. Esto se cae. No importa cuántas veces lo digas. Entre los de arriba y los de abajo siempre han existido distancias. Mantener las formas. La mano de obra no piensa, tan sólo obedece. Los capataces y responsables harán unas llamadas y enviarán finalmente un telegrama diciendo que no se añada más peso al puente. Pero no habrá orden de evacuación, no se mencionará peligro alguno. El telegrama llegará a las oficinas centrales, sobre la mesa del ingeniero jefe, que no está. Mientras tanto en la obra se decide continuar. El desastre del puente de 1907 cambiará el rumbo de muchas vidas, tantos muertos condicionarán la vida de los que quedan. Si la reserva no hubiera estado llena de cadáveres por el acero su único superviviente no se hubiera visto obligado a emigrar al oeste. Fuera de la reserva, sin ayuda, buscándose una nueva vida y creando oportunidades para sus descendientes ironworkers. Si Manish no hubiera cambiado su destino ellos no habrían encontrado ese camino, él arriesgó su vida y caminó por rumbo desconocido con ella.

“Las Catedrales del cielo” de Michel Moutot nos adentra en la vida de los Mohawk de Kahnawake, tres generaciones de indios dedicadas a trabajar el hierro de los edificios. Los orgullosos ironworkers que trepan por bigas situadas en las alturas para trabajar el esqueleto de los edificios, tanto montar como desmontar es su trabajo. Cada capítulo nos sitúa en una época. Alternamos el puente de 1907 en Quebec, con la construcción de Las Torres Gemelas en 1970, el ataque de las Torres Gemelas en 2001 y su reconstrucción con La Torre de la Libertad en 2012. Así comprendemos la evolución en el oficio de ironworker dentro de la familia del protagonista y de su tribu. Un desgraciado accidente a principios del siglo pasado en el que un antepasado de nuestro protagonista es culpado, al ser el único superviviente y considerar que no avisó al resto, no quedaron testigos que afirmasen su historia, viéndose obligado a emigrar hacia tierras desconocidas hasta aquel momento por un mohawk.

Michel Moutot fue corresponsal durante el conflicto de Las Torres Gemelas. Nos cuenta detalles que quizá en aquel momento no pudieron ser revelados para no alarmar a la población como la gravedad de los gases venenosos ingeridos por los voluntarios o el peligro de destrucción de un muro que aislaba las aguas del Hudson y que podría haber inundado la zona, algo que habría engrandecido aún más la catástrofe. Las muertes posteriores de los bomberos, policías e ironworkers que ayudaron durante aquellos meses de necesidad pueden haber sido noticias medio silenciadas, no interesa que la gente piense que no se está volviendo a la normalidad, deben pensar que se está herido pero no hundido. Michel Moutot nos compara una obra de principios de siglo con otra de finales, ante una situación de desastre los responsables sacrifican a los de siempre, la mano de obra sufre las consecuencias del destre.

Para John era su deber estar en el montón de escombros durante meses. Su padre había muerto en la construcción de aquellas torres. Él debía estar allí, era su deber. Después también debía estar en la siguiente obra, la nueva torre que demostrase la recuperación de la zona.

Michel Moutot nos lleva por la senda emocional de estos hombres endurecidos por su profesión que dejan correr el rumor que los indios mohawk no tienen vértigo para que les ofrezcan más trabajo, pero que en realidad el miedo es parte de ellos como para cualquier hombre, valientes que además sacrifican a sus familias al ir a donde esté la obra, sufriendo la distancia de la reserva y la soledad mientras dura la obra, quedando ante la biga y el abismo.

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