Los descendientES de javier muñoz.

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por Rubén Olivares

Una infancia difícil, un secreto del pasado, un secuestro, la ausencia de los padres (secuestrado él, deprimida y ensimismada ella), la vida entre un tío marcado por oscuros traumas y una tía que busca desesperadamente el amor en brazos de hombres que confunden el sexo con el cariño. Nicolas Muñoz nos introduce en su novela con fuerza, no nos deja indiferentes. Funciona bien, muy bien. Una jugada redonda. En pocos minutos consigue que acabe enganchado a la historia de Mateo y que quiera saber más de este peculiar hombre que pasa sus días entre una enfermedad del corazón que amenaza con retirarle más pronto que tarde y el flirteo de cama en cama en una Cuba en la que parece que el deporte nacional de cualquier cubano es alternar entre el sexo con los nativos y con extranjeros en busca de un futuro mejor que los aleje de la caribeña isla que los asfixia.

El protagonista de esta peculiar historia, Mateo, nos habla desde La Habana para mostrarnos cual es su presente, en el que es padre de Henry, al cual abandonó (traumas de la infancia que se repiten) cuando este tenía seis años. Y de esto hace más o menos 22 años. Sin embargo, la enfermedad coronaria de Mateo, la nostalgia, el deseo de recuperar el ideal de familia que él no tuvo en su infancia y el hastío de relaciones superficiales, lo llevarán a tratar de retomar el contacto con su hijo. Gracias a las redes sociales, Mateo descubre pronto que Henry vive en Madrid y que tiene la oportunidad de ponerse en contacto con él con un solo clic. La vulnerabilidad y la ignorancia de aquellos que viven su vida en las redes sociales le facilitan el trabajo, pero ¿de verdad es una buena idea buscar a alguien a quién se abandonó hace 22 años? ¿qué se le puede decir a un hijo tras todo ese tiempo? ¿Bastará con un “Lo siento mucho, tenía que hacerlo”? A lo largo de unos cuantos capítulos podremos adentrarnos en el debate interno que obsesiona a Mateo ante la posibilidad de recuperar este contacto y los pensamientos del mismo, repasando el presente en el que se halla atrapado debido a su estilo de vida.

Sin embargo, Nicolás Muñoz ya preveía que como lectores querríamos saber algo más. No podíamos quedarnos sin averiguar qué se esconde tras este comportamiento y poco a poco nos iremos adentrando en esa dualidad entre los recuerdos del pasado, marcados por la infancia de Mateo y el presente del mismo, que nos irán desvelando recuerdo a recuerdo el porqué del carácter de Mateo y su vida en La Habana. Sin duda de lo mejor de esta novela (y puedo asegurar que tiene momentos realmente deliciosos).

El padre de Mateo, un joyero de éxito, ha desaparecido y todo parece indicar que se debe a un secuestro motivado por la avidez de unos delincuentes que esperan obtener una sustanciosa recompensa de una adinerada familia. De repente todo se ve amenazado por el secuestro de un padre y la ausencia del mismo, tambaleando la frágil estabilidad emocional de un niño que ve como, de alguna manera, su madre también ha sido secuestrada por la depresión, obligándole a buscar el apoyo que necesita en la compañía de sus amigos, con los que se verá abocado a vivir un ritmo de vida vertiginoso.

Todo esto lo viviremos en las primeras páginas de una novela en la que los protagonistas son actores secundarios de la soledad que acompaña a Mateo y que le ha ido dando forma, sentimiento que nos transmite alternando entre los problemas de salud del protagonista y la necesidad de comprender que es lo que le ha ido ocurriendo a lo largo de su vida.

Por si aún no había quedado claro, confieso que me ha encantando “Los descendientes”, la infancia de Mateo, el estilo narrativo de Nicolás Muñoz, alternando entre el pasado y el presente de un día a día agotador y sin esperanza. Muñoz nos aborda temas universales como el matrimonio, la paternidad, la búsqueda del amor, la soledad o la responsabilidad de callar la verdad, lo que se siente sin pensar en que consecuencias nos traerá, alternando con un peculiar humor que camina entre el cinismo, el sarcasmo y el humor negro. Un cóctel adictivo. Confieso que hay pasajes que me han llegado a emocionar, otros con los que he sentido asco y muchos, muchos momentos en los que ha conseguido arrancarme una sonora carcajada ante el ácido humor que Muñoz destila en esta historia. Sin aún no has leído esta novela, no sigas perdiendo el tiempo con esta reseña.

 

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