Mi primer verano en la sierra de John Muir.

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por Rubén Olivares

Tras más de un siglo desde su publicación, John Muir sigue dejando su impronta en favor de la defensa de las tierras vírgenes y la promoción por el respeto de los espacios naturales. “Mi primer verano en la Sierra” impresiona por su fuerza literaria y el poder persuasivo de su alegato naturalista. Nacido como respuesta a los estragos que los monopolios, las relaciones entre el capital y el Estado y los especuladores inmobiliarios, la minería y la agricultura intensiva estaba generando en la naturaleza, la obra nos pone en el contexto de una California que empezaba a padecer los impactos de las consecuencias ambientales de la industrialización y la Fiebre del Oro.

Este libro supuso la culminación de una vida dedicada por completo a defender y propagar la conciencia ambiental en los Estados Unidos, siendo el germen para el nacimiento de movimientos conservacionistas como el Sierra Club o la proclamación de los primeros parques nacionales por parte del presidente Roosevelt. Escrito como un diario, las entradas de este libro recogen las reflexiones que el autor fue plasmando a lo largo de su estancia en Yosemite, mientras caminaba junto a un rebaño de ovejas a través de los pastos de Sierra Nevada, en California. Nada de lo que vio, vivió o sintió, por pequeño o grande que fuera escapó a su aguda visión: la luz que atravesaba las tupidas hojas del bosque e iluminaba el suelo del mismo, el ajetreo de las ardillas en busca de comida, los caminos arados por los glaciales que atravesaban el parque, las diferentes piñas que daban vida a los nuevos árboles que poblaban el parque o el chapoteo de los ciervos al atravesar los ríos y arroyos que dan vida al mismo… Toda una minuciosa descripción del parque de Yosemite a favor de un único objetivo: mostrar, página a página, la belleza del espectáculo de los valles de Sierra Nevada.

Adentrarse en la lectura de esta obra es dejarse llevar por la belleza del valle que los glaciares tallaron a lo largo de los siglos, sentirse arropados por el abrazo del cautivador estilo narrativo de Muir que estremece con cada palabra al lector. En su narrativa se mezclan el romanticismo de la poesía del s. XIX, de la que Muir era un gran lector, el trasfondo de la educación religiosa que recibió, la formación en geología y botánica que obtuvo de su breve paso por la universidad, así como la influencia de la vuelta a la naturaleza y la búsqueda del equilibrio entre el ser humano y el medio ambiente que dejaron en él las lecturas de las obras de Emerson y de Thoreau.

Es posible que para el lector contemporáneo la lectura de esta obra resulte demasiada recargada y florida, pues el uso de superlativos y epítetos puede resultarles cansina. Sin embargo, sin este estilo nos sería difícil sentirnos abrazados por la sinfonía de los bosques, el canto de los arroyos, lagos y ríos que recorren los paisajes de Yosemite, por este canto de la naturaleza que, como en la pieza de “La mañana” – Peer Gynt, de Edvard Grieg nos invita a dejarnos abrazar por la luz matutina y a buscar la compañía del canto de los pájaros, celebrando la naturaleza.

La obra de Muir contiene lo mejor del discurso conservacionista, la pasión didáctica, la poesía de los paisajes sublimes, la defensa de la democracia… aunque también nos muestra los pecados de éste: la misantropía, la sensiblería y el abusivo antropomorfismo de su visión de la naturaleza. Una obra de notable relevancia en estos tiempos en los que el desafío por la necesidad de evitar un cambio climático reclama nuestra atención.

 

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