Mujeres errantes de Pilar Sánchez Vicente.

k

por Vanessa Díez

Necesitamos llegado el momento tomar distancia. Todo duele demasiado. Y lo que tenga que ver con la familia más. Así con ellos son las discusiones más viscerales, violentas y llevadas al límite. Como animales defendiendo territorio, porque se nos ahoga al querer que caminemos por donde ellos primero fueron, arrebatándonos nuestro destino. No dejándonos ser. Hay que volar del nido, para tener experiencias propias, mejor será equivocarse y tan sólo mirar a un responsable, uno mismo. Si tus errores son culpa de otro el veneno lo recubrirá todo.

Greta vuelve a casa dispuesta a hacer las paces con su madre, han sido muchos años de distanciamiento. Pero cuando llega la realidad la supera, su madre está en el hospital muriéndose. Se queda junto a ella tres meses, queriendo recomponer parte del dolor causado. Su madre casi ya no es ella misma, pero entre los pocos momentos de lucidez le confiesa algo que lo cambiará todo. No sólo el suizo no era su padre si no que ella no era su madre.

¿Quién era ella realmente? ¿Quiénes eran sus padres? ¿Cómo había terminado en manos de aquella mujer si no era su madre? ¿Era un bebé adoptado o robado? ¿Cuáles eran sus orígenes? Ante las cenizas de su supuesta madre se agolpaban miles de preguntas sin respuesta. Su madre no era suiza, aunque allí vivía desde hace muchos años, emigró desde un pueblo de Gijón. Así se encaminó a Cimavilla, un pueblo en su origen pesquero que ahora dedicaba más al turismo sus paisajes. Tan sólo una fotografía de su madre con otras dos mujeres en una fábrica suiza era su ayuda, quizá alguna de ellas le diera las respuestas.

“Mujeres errantes” de Pilar Sánchez Vicente es un bonito homenaje a aquellas primeras mujeres que se vieron obligadas a emigrar a las fábricas europeas por la miseria en que sus familias vivían. Abandonar los orígenes por un futuro mejor, poder enviar dinero a casa, ahorrar y sobrevivir fuera. Condiciones laborales que en los años sesenta del siglo pasado eran impensables para muchos españoles. Muchos de aquellos pioneros sufrieron los problemas de desarraigo y adaptación, porque no sólo era dejar lo conocido, si no adaptarse a un nuevo mundo sin tener siquiera unos conocimientos básicos. Los jóvenes españoles que ahora se ven forzados a irse en muchos casos tienen estudios superiores, la generación de nuestros abuelos se fue a la aventura sin saber nada, siendo analfabetos o como mucho sabiendo las cuatro reglas, ni que decir que tampoco sabían idiomas. El hambre aprieta y fueron sabiendo a la fuerza. Fueron los primeros años duros, pues para los franceses y suizos aquellos emigrantes españoles o italianos eran gente pobre que tan sólo se consideraba fuerza de trabajo, nunca iguales. Ahora existen españoles que miran a otros como antes miraron a sus abuelos, sin saber lo que los primeros pasaron. La rueda gira y la vida sigue repitiendo patrones.

Greta ha tenido una relación enfermiza con los hombres y las drogas. Se alejó de casa para vivir su vida, pero ha estado dando vueltas, una relación tóxica y la autodestrucción han sido su mayor logro. Cuando volvió a tocar fondo necesitó volver a la casilla de salida. En el pueblo de Cimavilla comprenderá porque su vida ha sido un bucle y ella se dejó arrastrar.

No nos damos cuenta pero todo se hereda. Una nariz, unos ojos, un temperamento, cómo nos relacionamos y quizá una adicción también. Pero avanzamos sin saber, al tener un callejón lleno de silencios, así no podemos comprender de dónde vienen ciertos comportamientos y formas de sentir que si no salen hacia afuera no nos dejan vivir. Damos golpes para liberar lo reprimido como ya hicieron nuestras ancestras, mujeres luchadoras abandonadas por sus hombres que tenían muchas bocas que alimentar, los padres y los hijos. Ellas murieron agotadas después de una vida de lucha, mártires en manos de los hombres, ahora el silencio es el mayor pecado a cometer, que sus historias se sepan. Gritadlas a los cuatro vientos.

nos encontrarás en

Share This