Presentación de “La niña que miraba los trenes partir”.

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por Gemma Juan Giner

Con 8 años, Charlotte Grunberg, belga de origen judío, vivió la Segunda Guerra Mundial escondida en un armario para no ser enviada a un campo de concentración. Tras setenta años de silencio, su historia ha salido a la luz con la novela “La niña que miraba los trenes partir” del escritor uruguayo Ruperto Long.
La semana pasada tuvo lugar la presentación de la novela “La niña que miraba los trenes partir” de Ruperto Long en el Centro Sefarad de Madrid. En la presentación acompañaron al autor, el Catedrático de Historia, Carlos Malamud y Charlotte de Grunberg, superviviente del Holocausto y protagonista de la novela.

Malamud destacó, ante una sala abarrotada de gente, que “La niña que miraba los trenes partir” es “una historia increíble por una peripecia que acaba en final feliz” y afirmó que fue una suerte compartida por los cuatro miembros de la familia (los padres de Charlotte, su hermano y ella). Una lucha tenaz con un destino desigual al de otras historias similares pero que no consiguieron tener un final feliz.

“Nos conocimos por casualidad en un encuentro social. Ambos llegamos temprano y empezamos a hablar. Así detallaba Ruperto Long cómo conoció a Charlotte. Hasta que le hizo la pregunta que ha desencadenado esta fabulosa historia. “¿Y tú cómo pasaste los años de la guerra?”. De esta manera, Charlotte, que nunca había hablado de esto con nadie, empezó a sincerarse con Ruperto y le contó los cuatro años que pasó escondida junto a su familia.

“Estuve 15 meses escondida en un armario”. Ante esta confesión, Ruperto le dijo que su historia era digna de contar, pero ella no quería. Entre risas, el autor destacó que le costó más convencer a Charlotte para escribir el libro que a su mujer para que se casara con él.

Pero lo consiguió. Así que a partir de ese momento, Ruperto y Charlotte se encontraban una vez al mes, durante dos años, para visitar las ciudades francesas por las que habían pasado la pequeña y su familia en la huida “para interpretar sus recuerdos”, afirmó el autor.

Tenía solo 8 años cuando Charlotte vivía en Lyon escondida en un armario. Cuando salía de casa no le gustaba ir al centro. Ella prefería irse a las afueras de la ciudad a ver los trenes partir. Quizás fuera por esa sensación de libertad, pero ella afirma que “era una forma de olvidar”. Pero un día descubrió que los trenes de mercancía trasladaban otra realidad.

“Intuitivamente no era una situación normal. Pero si fue un salto a la madurez impuesta, una bofetada de realidad. Vivíamos en el imperio del miedo, de la soledad, entre nosotros no hablábamos de estas cosas”.
Sin ninguna duda, fue una época difícil en la que Charlotte y su familia estuvieron días y días sin nada que llevarse a la boca. Un salto al vacío al que nadie está preparado. Pero tras sufrir, vino el final del Holocausto y pudieron sobrevivir tras duros años de lucha por la vida y por la libertad.

Ahora, setenta años después, todavía queda el pudor. “Pudor por haber sobrevivido”, admite Charlotte.

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