Tiempo de albaricoques de Beate Teresa Hanika.

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por Vanessa Díez

Elisabetta vive con sus recuerdos. La casa de sus padres está como ellos la dejaron. No importa cuántos años hace. Sus hermanas la visitan, tan sólo la mayor la juzga, la mediana la deja ser ella misma y sonríe ante sus ocurrencias. Sigue haciendo mermelada como cada temporada, como cada año, después etiqueta los tarros, nunca los prueba. Todo está lleno de recuerdos y aunque ya son demasiados años sola no parecen haber pasado los días. 

“Tiempo de albaricoques” de Beate Teresa Hanika es una triste historia sobre la Segunda Guerra Mundial contada con delicadeza. Elisabetta lo ha perdido todo, a todos, pero sigue en la misma casa de su infancia, en la que debió esconderse antes y después de llevarse a su familia a los campos, después ellos nunca volvieron. Tan sólo los fantasmas de sus hermanas para contarle qué habían hecho con ellas, para que no perdonara nunca, para que los alemanes no entrasen en su casa. Pero Elisabetta se hace mayor y la casa es muy grande para ella sola, así termina alquilando la planta de arriba, las habitaciones que no iba a utilizar, sus habitaciones. Primero tuvo a una estudiante de danza rusa y un día se marchó y llegó una alemana, sin decir nada. Elisabetta se dio cuenta, en su interior se enfrentan las heridas del pasado ante una niña que también parece haber sufrido desde la infancia. ¿Será capaz de mirar a los ojos a esa niña y verse a sí misma de pequeña? ¿Podrá perdonar?

Elisabetta no era tan atractiva como sus hermanas mayores, a las que los vecinos miraban desde la cerca, era más bien un duendecillo, pero se enamoró de su vecino. Él no era judío. Sus hermanas fueron deportadas. Él volvería a ella como amante. Sería su secreto judío. Mientras su mujer lo esperaba en casa. Tendrían una hija pero ella seguiría sola. Él volvió con su mujer. 

La autora entrelaza distintas historias, presente y pasado. Sólo cuando vayamos avanzando entenderemos que todo tiene que ver con Elisabetta. Distintas generaciones de mujeres de una misma familia con tragedias aún siendo inocentes y tan jóvenes. El canto y la guerra, después será la danza y el dolor de la pérdida. En los momentos más amargos el arte nos acerca a la vida, a tener ganas de sobrevivir y de conseguir un día más en este mundo. 

Intentar avanzar sin recordar el pasado reciente, hacer como que no hubiera sucedido, tan sólo lleva a repetir una y otra vez el mismo dolor y a no curar las heridas, a no avanzar, a seguir dando vueltas. 

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